― ¿Lista para esta nueva etapa? ―dijo Carla mientras ordenaba sus cosas en el maletín―. Siento que Dios nos tiene preparadas grandes cosas para este tiempo. ―Me habría gustado quedarme en Buenos Aires, pero es por obediencia que estamos aquí ―contestó Andrexa mientras tomaba de a largos sorbos su café―. Estamos donde Dios quiere y con eso suficiente para estar feliz. Carla, su esposo y Andrexa, su sobrina, fueron llamados a abrir una iglesia en una ciudad de Córdoba. Empezar de nuevo no iba a ser fácil. Andrexa comenzaría el último año de bachillerato en una escuela donde no conocía a nadie, lejos de sus amigas y de su iglesia a la que sentía como su segundo hogar. Sus tíos consiguieron trabajo y alquilaron una casa donde vivirían a partir de ahora. ―Bien. ¿Cómo haremos esto? ―comentó Roberto mientras dejaba el diario sobre la mesa de desayuno―. Tenemos que organizarnos para evangelizar a las personas. Tenemos que abrir una pequeña reunión en casa. ―Yo sugiero que nos tomemos unos días para conocer y presentarnos en nuestro barrio, trabajos y escuela ―dijo la mujer haciendo énfasis en lo último, ya que se refería al lugar en el que Andrexa debía hacer su parte. ―Lo entendí. ―Yo sé que sí ―respondió su tía en un tono burlón. La familia McGregor comenzaba su misión. Pero sabían que en su propio parecer no iban a llegar lejos. Esto era plan de Dios y ellos deberían ser guiados por Él, incluso si ese camino no lo entendían. Estaban allí para servir.
Primer día de Clases en todas las escuelas de la ciudad y los colectivos eran un enjambre de personas andando por las calles. Andrexa, que aún no conocía Córdoba, caminaba usando el GPS en su celular para encontrar la escuela a la que iba a concurrir a partir de ese momento. La institución era un edificio antiguo, muy alto. Ella caminaba por los pasillos buscando el aula que le habían asignado. No demoró en encontrarla. Su vida escolar comenzaba en el salón 1B. Aún se podía percibir el aroma de la pintura en las paredes blancas que daban más luz al aula. Andrexa tomó un lugar vacío junto a la ventana y contempló con un poco de nostalgia a los pequeños grupos de chicos que, a risotadas y abrazos, se reencontraban después de varios meses de vacaciones. ―Hola, ¿Este lugar está ocupado? ―preguntó un joven interrumpiendo sus pensamientos. ―No, todo tuyo. ―Mi nombre es Tomás ―dijo, mientras se sentaba a su lado—. Eres nueva, ¿verdad? ―No, ya tengo 18 años ―se burló ella―. Con gran pesar debo decir que sí. Soy nueva en la ciudad. Me llamo Andrexa. ―Entiendo, no debe ser fácil, pero te aseguro que te vas a acostumbrar. Córdoba es una ciudad muy bonita, lo notarás cuando la conozcas más. ―Eso espero ―contestó Andrexa mirando a la calle―. Dejar mi ciudad y mis amigos fue un golpe bajo, pero era necesario. ―Necesitas un amigo y un guía para este tiempo ―dio un salto alegre por la idea que había tenido. Andrexa no pudo evitar sonreír. Este cambio brusco no era tan malo después de todo. ―Tú no estás bien. ―Tú tampoco, por eso me ofrezco a ser tu primer amigo y tu guía en esta asombrosa ciudad. Estaba a punto de contestar cuando entró la profesora. Esta era una señora de aproximadamente 50 años. Se notaba en sus ojos azules y rosadas mejillas la emoción por dar la clase. Enseñar era una pasión y no solo un trabajo. El salón estaba inquieto. Todos hablaban sin notar la presencia de la profesora que esperaba frente al pizarrón a que todos guardaran silencio. ―Hola alumnos. Buenos días, mi nombre es Rita Gómez. Yo voy a ser la tutora de este curso y su profesora de inglés. Esta materia es una de las más importantes de este año debido a que la especialización que eligieron, “Turismo”, requiere mucho aprender idiomas. Mi manera de evaluar no sólo es a través de exámenes, sino también voy a valorar los aportes en clase y los trabajos grupales. Aunque medio curso solo le prestaba atención, ella prosiguió. ―Voy a tomar lista. La profesora fue nombrando uno a uno los nombres hasta que llegó al de ella. ―¿Andrexa McGregor? ―Presente ―respondió la joven levantando su mano para que pudiera verla. ―Tú eres la nueva estudiante. ¿De dónde eres? ―Soy de Buenos Aires. Me mude aquí hace unas semanas. Andrexa era una joven alta, de pelo color castaño oscuro con ondas que le llegaban a la cintura. Sus ojos eran de color avellana y su mirada, tierna y transparente. Rita mostró el programa y los libros de actividades que iban a usar durante el año y comenzó a explicar los tiempos verbales. Al cabo de un rato, un timbre sonó en todo el edificio dando fin a la clase. Todos salieron y se dirigieron a la cafetería. Andrexa salió cabeza gacha, sin saber exactamente qué hacer, todo esto le parecía nuevo y la aturdía. Caminaba inmersa en sus pensamientos cuando un impacto le hizo caer los libros que llevaba en la mano. ―¿Acaso no ves por dónde caminas? ―gruñó un chico alto que la miraba con unos ojos que pasaban de verdes a rojos de la furia. ―Perdón, no fue mi intención ―se disculpó avergonzada porque todo el mundo había puesto su atención en ella. Tyler, era el típico chico malo, popular, deportista, atractivo que todas las chicas se volvían locas y todos los chicos querían estar en su círculo de amigos. Él solo la miró de arriba abajo y se abrió paso entre todas las personas con aire de ganador. Por detrás iban dos de sus amigos que más que amigos parecían escoltas, o peor aún, bufones de un rey sin gracia. Cuando ella creyó que nada podía ser más humillante, se pone a recoger sus libros. ―Creo que vas a tener que empezar a manejarte mejor en esta ciudad si no quieres vivir examinando baldosas de cerca todo el día ―dijo una de sus compañeras. Laura era el clon de Tyler en mujer. Era alta y delgada. Su pelo rubio y sus ojos celestes resaltaban en su piel rosada. Era una bella joven, pero engreída, siempre buscaba resaltar en todo. ―No entiendo tu sarcasmo ―contestó Andrexa—. ¿Podrías explicarte mejor? ―Que, al parecer, de donde vienes es un lugar alborotado y aquí no. Aquí estamos civilizados. Solo es un consejo. La joven la miró con una sonrisa sobradora y se fue junto a una amiga que la miraba igual, aunque no dijo nada. Respiró unos segundos tratando de no reaccionar. Ella estaba ahí para estudiar y por un propósito divino. Empezar con el pie izquierdo no era buen plan. La cafetería estaba llena de estudiantes. Muchos sentados y otros muchos haciendo cola sirviéndose el menú del día. Ravioles. Tomás estaba en la cola cuando visualizó que en la entrada estaba Andrexa. Agitó su mano para llamar su atención. Ella tomó una bandeja y se puso junto a él, esperando su turno para servirse. Luego se sentaron en una mesa que estaba desocupada. Aún le daba vueltas en su cabeza la escena que tuvo que vivir minutos atrás. No entendía cómo pudo haber pasado algo así. Se preguntaba una y otra vez si ella despertaba ese maltrato en sus compañeros o si así eran todo tiempo. Aunque ninguna de las dos opciones le parecía buena se limitó a enfocar su atención en lo que en ese momento era más importante. Estaba hambrienta y los ravioles se veían deliciosos.
El silencio era abrumador en la sala de espera. Las paredes eran de un marrón claro y apagado. Solo un ventanal abría paso a la luz de la tarde para iluminar el salón. Tyler estaba sentado en uno de los sillones. Su mirada era intensa, estaba enojado y no sabía por qué ni cómo controlarse. No había razón, pero sentía que le sudaban las manos y que su ansiedad hacía que se las frotara en sus jeans con un movimiento frenético. ―Sánchez Tyler. Se paró y estiró sus piernas, estuvo sentado una hora esperando. Siempre se retrasaban estas cuestiones. Entró inhalando un nuevo aire. Esa sala era distinta. Sus paredes eran de un rojo vivo y había una gran biblioteca, pinturas abstractas y un ventanal que daban calidez y un toque hogareño a la habitación. Tyler se sentó en un sillón a tono con las paredes. ―Hola, Ty ―dijo la Dra. Lewish, mientras buscaba su historial en la laptop. Tyler todos los viernes tenía una cita con la psicóloga. Siempre fue una persona reservada, pero no tan ingenua como para no darse cuenta que necesitaba ayuda. Necesitaba arrancar de adentro, de lo más profundo de su corazón, lo que pensaba, lo que sentía y algo le había dicho hace ya seis meses que su secreto estaría a salvo en manos de un profesional. En todo este tiempo él había volcado en esa oficina todo lo que lo atormentaba y la Dra. siempre fue de gran ayuda, ya que además de escucharlo le daba alternativas para aliviar ese dolor. Sabía que era un proceso largo pero que algún día iba a poder superar este trauma, aunque había momentos en que sus propias decisiones lo llevaban a retroceder. Era evidente que el alta estaba lejos, pero dentro de sí no quería que eso pasara. ―Hola ―dijo Tyler mirando al suelo. Ella notó su inquietud. Tyler podía engañar con sus actitudes a los demás, pero no a ella. En cada sesión iba conociendo al verdadero chico que había detrás de esa máscara de chico rudo. ―Creo que la sesión de hoy va a ser a calzón quitado. Él no pudo evitar sorprenderse. Era la primera vez que escuchaba una expresión tan informal de su boca. ―¿Perdón? ―preguntó apretando los labios para no reír. Realmente, aunque fue raro oírlo, le causó mucha gracia. —No entiendo lo que quiere decir. Al ver la cara que puso el chico y que pudo captar su atención, rompió a reír a carcajadas, lo cual hizo que el joven también se riera con la misma fuerza. ―¿Te sientes mejor? ―Interrogó la psicóloga acercándose al sillón que estaba justo frente al joven. ―Si, estoy bien ―contestó secándose una lagrima que brotaba de sus ojos con el pulgar―. Como siempre dice usted, riendo todo es mejor. ―Exacto. Pero por lo que he visto hace un momento atrás, no lo pones en práctica todo el tiempo. ¿Qué te pasó? Su mandíbula se tensó y su respiración se entrecortaba. Quería decirle, pero siempre le costaba largar las palabras. Se pasó la mano sudorosa por el pelo despeinándolo, como dándose aliento para comenzar a hablar. ―Lo mismo de siempre ―su voz era ronca, pero fue casi un susurro. La tensión iba en aumento. —¿Y eso sería…? Tyler arqueó una ceja mientras miraba a la Dra. fijamente a los ojos. ¿Qué le pasaba? Ella sabía que era “lo mismo” ¿Por qué rayos le hacía responder nuevamente la pregunta? ―Hay una chica nueva en la escuela. ―Bien, y ella se te acercó o… No la dejó terminar de hablar. Siempre que podía escupir las primeras palabras la ansiedad se apoderaba de él y tenía que decir todo lo que tenía atragantado. ―Creo que no sabía que yo existía hasta que chocó conmigo. No me acuerdo cómo se llama, pero al salir no me vio y yo tampoco a ella; la empuje y cayó al suelo ―dijo pasándose las dos manos por la cabeza y jalando sus cabellos—. Yo la trate muy mal. Y ella, a cambio, me pidió perdón. Guardó silencio, parecía un idiota por verse afectado por algo tan insignificante, pero lo estaba y la estaba pasando muy mal. En cambio, la Dra. se estaba divirtiendo con el relato y estaba frunciendo los labios para no reírse. Se lo veía tan vulnerable. Ella se sentó a su lado y corrió con delicadeza un mechón de pelo que caía sobre su frente. ―¿Por qué lo hiciste entonces? ―preguntó―. Si ella no se te acercó, no veo una razón justa por la que lo hayas hecho. Tyler era apuesto, alto y lucía una esbelta sonrisa. Se notaba de lejos que se entrenaba en algún gimnasio. Parecía un príncipe cuando se vestía elegante, con camisa y zapatos, o unos de esos chicos malos que solo aparecen en las películas cuando lucía informal, con musculosas ajustadas al cuerpo. No importaba qué se pusiera, todo le hacía juego con sus ojos verdes de mirada penetrante y sus cabellos que caían en una cascada de mechones castaños sobres sus hombros. Era el típico chico que volvía locas a las chicas de cualquier ámbito. Pero él tenía dos personalidades. Una que mostraba a la sociedad y la otra que ella sabía que escondía detrás de la primera. Y estaba dispuesta a sacarla a la luz. Era su trabajo. ―Es lo que siempre hago con las chicas ―soltó Tyler poniéndose a la defensiva. ―Pero los dos sabemos que no es algo que hagas porque realmente quieras hacerlo. ―Sí, no quiero, pero es algo que tengo que hacer, me guste o no. ―Ty, es algo que tú solito decidiste. No es justo que te castigues así ―la voz de la Dra. era suave, buscando tranquilizarlo. Creo que no es la mejor manera. Tyler parecía que se quedaba sin aire, su mandíbula se tensaba al apretar sus dientes para no gritar de la furia. Sentía el deseo de romper todo, por lo que apretó los puños al lado de su cuerpo. Le dolía mucho, esa era la razón. Ya no podía con todo eso. ―No es justo lo que yo hice ―espetó, mientras por sus mejillas rodaban lágrimas de impotencia―. Esto que yo hoy hago debería haberlo hecho antes. Estas decisiones las debería haber tomado antes. Es tarde, pero tengo que hacerlo porque es lo que merezco. ―Ser quien no eres, no es algo que merezcas ―intentó calmarlo, pero fue en vano. Tyler se había derrumbado moralmente de nuevo—. Tranquilo, sé que con el tiempo encontrarás la manera de aliviar lo que sientes sin tener que reprimirte de esa manera, que lo único que hace es causarte más dolor. Tyler se levantó y empezó a caminar por la sala. Estaba aturdido. ―Lo sé, pero no puedo ―dijo con su voz ahogada, mientras contemplaba la calle desde la ventana. ―Tyler, debes buscar tu eje, volver a empezar de cero, encontrar alternativas en esta realidad en la que te encuentras. Hoy he dejado que hables cuando bien me di cuenta de que no querías decir ni una sola palabra… Él busco su mirada desde donde estaba parado para prestar atención a sus palabras. Al final de cada hora que pasaba con ella le daba una valoración de lo que había visto y le daba ítems que podían ayudarlo. Aunque a veces la pasaba mal, sabía que encontraría una respuesta antes de salir de ese edificio. La Dra. continuó su veredicto… ―Nunca más te calles. Por más tonto que sea no lo dejes crecer dentro tuyo porque luego será difícil para ti hablarlo incluso entenderlo ―se acercó a él y rozo su mano sobre su mejilla con mucha ternura―. El chico que quieres esconder es el que vale la pena. Estoy segura que él quisiera que sigas siendo el mismo. Apenas pudo contener el aliento. Se sentía un imbécil tomando decisiones que dañaban a los demás para dañarse así mismo. No sabía cómo cambiar, y cuando lo intentaba siempre lo arruinaba con las estúpidas reglas que se había puesto entre ceja y ceja hace ya un año. Aun así, no podía sentir la paz que ese día le fue quitada. Tyler tomó su mochila y antes de salir saludó a la Dra. Lewish. ―Hasta el próximo viernes. ―Espera, Ty ―se apresuró a decir ella—. Me olvidé de decirte que a partir del lunes voy a entrar en licencia. La psicóloga estaba cursando el sexto mes de embarazo y debía tomarse una licencia para descansar lo suficiente y disfrutar de los últimos y más importantes meses de embarazo y compartir los primeros con su bebe, antes de volver a sus actividades. Tyler la miraba incrédulo. No estaba entendiendo nada. ―¿Voy a estar seis meses sin venir? ―preguntó con pesar―. No me parece buena idea. No sé cómo voy a hacer todo este tiempo guardando todo lo que siento. ―A mí menos me parece buena idea ―exclamó—. Tú no vas a quedarte sin terapia. Al contrario, una colega tomará mi lugar todo ese tiempo. Por lo cual el próximo viernes deberás venir como lo has hecho hoy. ―No confío en nadie más que en usted. No voy a contarle mi vida a otra persona que no conozco. ―Tranquilo ―dijo casi susurrando―, mi colega va a tener la información justa y exacta para poder ayudarte desde el punto que hemos dejado hoy. Será lo mismo, solo que otra persona ocupará mi sillón. Fue tal el tono burlón que usó para decirlo que Tyler siguió su juego haciendo pucheros. ―No va a ser lo mismo sin ti. ―Vas a estar bien. Te lo prometo. Al salir del edificio caminó por las calles de Nueva Córdoba. El barrio estaba lleno de edificios altos y calles que suben y bajan. Es uno de los barrios más caros, pero es hermoso. Ya estaba atardeciendo, y era difícil ver una puesta de sol rodeado de gigantes estructuras que parecían acorralarte sin darte salida. Así se sentía él, encerrado entre el dolor del pasado y sus propios prejuicios y no sabía cómo salir. No importaba cuántos psicólogos viera y todos les dijeran que estaba mal lo que él hacía, que era injusto. Sus padres siempre lo criaron entre valores. Ser una persona digna y vivir en integridad era algo que ellos le recalcaron toda su vida. Pero él había roto esa regla. ¿Cómo iba a hacer ahora? Le costó tanto contarle su secreto a la Dra. Lewish que creyó que iba a ser la única en el mundo en saberlo. Ahora, otra persona lo iba a saber y no por él, sino por ella, sin tener la posibilidad de conocerla antes. Una extraña iba a saber su secreto y eso no le agradaba. Caminaba cabeza gacha contemplando las baldosas inmerso en sus pensamientos hasta que llegó a la esquina y levantó su mirada a la calle. Sus ojos se abrieron como platos. Al otro lado, estaba por cruzar Andrexa. Era la primera vez que la veía sin el uniforme. Vestía un short con una musculosa y sus cabellos caían con ondas hasta su cintura. Cruzaron la calle ambos al mismo tiempo. Ella lo reconoció y él se perdió en sus ojos color avellanas. ―Hola ―dijo Andrexa en el momento que se rozaron. Él agacho la cabeza, siguió caminando negándole el saludo. Reglas.