Yo, Liena Carter, pensé que la vida consistía en buscar pareja, un trabajo estable, un hogar, casarme y tener hijos. La verdad, nunca me esforcé demasiado. Siempre pensé que si algo era tuyo, vendría a ti. Pero lamentablemente, me enamoré... Por segunda vez... Y sí, al mismo tiempo. ¿Algo peor? Que mi sueño de una vida tranquila se fue de manera súbita al carajo. En ninguno de mis planes decía que vería muertes, injusticias políticas, torturas, o personas ambiciosas de poder. Y esta vez no era el poder que otorgaba el dinero, tampoco el poder de grupos reunidos maquinando cuál sería su próximo movimiento mortal. Este era el deseo hacia una habilidad poderosa, que solo tenía un pueblo. Ese era el pueblo: Senaku. Un lugar en el que nadie podía entrar ni salir. Un reino gobernado por un espectro de su antiguo rey. Todos aseguran no saber sobre quién gobierna el pueblo, pero unos se aferran a pensar que es el hombre por el cual daban la vida. Todos aseguraban que era el noble, valiente y fuerte: Rey Senaku. ¡Pero bueno! No me crean a mí, porque todo lo que les digo ahora, es lo que he escuchado. ¿De dónde lo he escuchado? Pues..., he terminado en un pueblo para pelear y enfrentar al Rey Ambrosia. Quiero salir. Quiero escapar. Pero sobre todo, quiero saber la verdad. Aspiro entender el por qué tengo que estar aquí. No puedo decir que estoy bien, ya que estoy en un lugar que no se compara a la comodidad de la actualidad. No soy capaz de fingir agrado, porque en este momento; estoy en un Reino Clandestino y medieval, que ni en los más lujosos mapas se podría hallar un lugar que simplemente parece... no ser real. -------------------------- Nota de autor: ¡Hola! Espero que les haya atraído la introducción. Me alegra haber podido subir esta pequeña partícula de la historia que ha ido surgiendo cada vez más. Cuando me di cuenta de que la novela me gustó, fue un poco conflictivo por el hecho de que soy principiante en esto de escribir, pero si algo me queda claro; es que no me gustaría tener que dejar esto a la deriva. No cuando mi mente insiste en terminar lo comenzado. ¿Qué hay que perder? Incluso puede que este sea mi sueño. Si quieren encontrarme y ver memes de la historia; búsquenme como "Escritor Clandestino" en Facebook. Cabe destacar que esta es una historia registrada, prohibida su reproducción física y digital en otras páginas, redes, impresión, etcétera. Muchas gracias por su lectura. (Recuerda votar si es de tu agrado) ;)
—¡Es un traidor! —Se esfuerza contra las cadenas, el gruñido que salió de su boca fue totalmente bestial. Mi miedo se intensifica en una velocidad volátil. Cada que transcurre el tiempo los gemidos y alaridos de dolor van menguando, y pensar la razón me aterra. ¿Cómo pudo hacer esto? ¿Por qué? ¿Acaso no estaba de nuestro lado? —Yo te lo advertí, Senaku —asevera Kenso, mientras que sus palabras salen con frustración contenida—. Te dije que no podíamos estar con alguien así —ruge, se aclara la garganta y baja la mirada—. Vamos a ser otras más de sus víctimas —pausa—. Y cuando lo seamos, todo será tu culpa. En ese momento no pensé de quien fue la culpa, no discutí, no forcejeé, no hice nada. ¿Qué podía hacer? Mis manos y la de mis compañeros están cohibidas por cadenas que alzan nuestros brazos. Ya siento el dolor y el entumecimiento en ellos. Jano se encuentra herido en su pierna derecha. Jaizael, No pronunció ni una palabra desde que nos encerraron, al igual que Anele. El frío, las ratas, la lluvia que desciende por una pequeña rejilla en la parte superior del calabozo, que nos moja y aumenta el miedo de que pudiéramos morir ahogados, no me deja pensar con claridad. —Yo los sacaré, yo soy el rey, y pasé lo que pase, nos iremos de este basurero. Todos lo miramos sorprendidos.
Aprendiendo de mis dagas. [Capítulo uno]
AUTORÍA DE: J.K CLANDESTINO.
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Narradora: Liena Carter.
—¡Liena! —exclama mi mejor amigo—. Mira esto. —Su pequeño dedo señala a una espada en la pared, que tenía aquel parque temático.
Me dirijo hacia él con pequeños saltos. Mi largo vestido de princesa va a rastras por el piso, pero no impide mi rápido y curioso paso. Me detengo frente a él, y su lindo rostro de infante, cede una sonrisa.
Estira su brazo y agarra la espada que parece enorme en sus manos pequeñas y delicadas.
—Oh, linda princesa, no temas, yo; Senaku Cleaner, prometo entrenar arduamente para ser digno de cuidar sus pasos. —Levanta su puño derecho y lo pone en su pecho. No pude evitar soltar una pequeña risa.
Él se arrodilla, por lo cual yo sigo con el juego:
—Oh, valiente Escudero. —Tomo la espada, y me doy cuenta de que pesa más de lo que pensé—. Aquí y ahora, te nombro... —Levanto la gran espada, y la pongo en su hombro derecho—, escudero de la princesa. —Cambio la espada de hombro, antes de ponerla en su cabeza para así; ascender su rango.
Senaku sonríe hasta dejar presenciar los pequeños hoyuelos en sus mejillas. Ese momento era el más hermoso e inocente que logré presenciar en mi vida.
Sabía que aunque esto era un juego de niños, se volvería muy real de grandes.
Es una lástima que todo tuvo que terminar seguido al grito de aquel hombre:
—¡Abandonen el castillo! —Un caballero se asoma por el pasillo donde nos encontramos. Tiene aquel traje de escudero que prestaba el parque.
Los ojos de aquel hombre, trasmiten terror indefinido. Ese hecho me sorprende, ya que ese lugar no parecía tener problemas, hasta que escuchamos gritos y vimos el castillo agrietarse.
Sin embargo, no nos movemos, estamos inertes bajo la presión de los gritos que surgen del primer piso del castillo.
No entendí que pasaba, pero al parecer, aquel hombre angustiado sí; ya que sale corriendo hacia la salida.
Senaku me despierta de mi ensimismamiento con un jalón en mi muñeca.
Sus rápidos pasos son indecisos. Las piedras del castillo caen en nuestros costados y el piso tiembla con brutalidad. Todo parece sacudirse reciamente.
Primera vez que veía que pasara algo así. No sabía que se trataba de un terremoto.
—¡Liena! —Senaku me llama con vehemencia, mis ojos conectan con los de él, y fue entonces, que me doy cuenta de que me solté de su agarre.
Siento el impacto de algo a mi lado, que me hace temblar y perder el equilibrio.
No supe mucho de Senaku, porque cuando levanto la vista, un golpe en mi cabeza, provoca que pierda el conocimiento.
Lo último que vi ese día; fue a Senaku correr hacia mí con lágrimas en los ojos.
Ese día, él dijo que cuidaría mis pasos…, ese día, terminó de hacerlo.
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El sonido de mi celular me despierta de ese recuerdo continuo, que por más que lo repita, no me convenzo de que es solo eso; un recuerdo.
Al sentarme en mi cama noto que tengo lágrimas rodando en mis mejillas. Me aclaro la garganta y estiro mi brazo hacia la mesita de noche que está al lado de mi cama, con el fin de coger mi teléfono.
Era Sara, mi mejor amiga. Deslizo mi dedo por el teléfono.
El grito bohemio de Sara, me activa y provoca un ligero pitido en mis oídos.
—¡Universitaria, despierta! —grita entre risas escandalosas, muy propias de ella. Otras amigas se entristecen porque su compinche se marcha, mientras que la mía; se alegra.
—Tú deberías ir a la universidad, no yo —me quejo, arisca.
—Yo ya estoy en la universidad, tonta. —A pesar de estar al otro lado de la línea, me la imagino sacudiendo su cabeza divertida—. Ya llevas tres años estudiando online, ¡tienes que vivir un poco, nena!
—Sara, todavía no lo he encontrado —mi tono de voz sale más apesadumbrado de lo planeado.
—Lo sé... —afirma, en un débil susurro.
Ella sabe que tiene que cambiar de tema. Me siento estúpida por no poder hacer lo suficiente para que Senaku, apareciera. Después del accidente yo sobreviví, pero no se supo más de él, y tampoco se consiguió su cuerpo.
Aun así; yo estaba segura de que él regresaría, y por eso la idea de irme a la universidad desacredita mi emoción, por el temor de que si algún día aparecía, no me encontrara.
No obstante, la viveza en la voz de mi mejor amiga, no fue afectada:
—¡Bien!, nada de tristezas, arréglate, nos vemos en la cafetería de siempre —decreta alegre antes de colgar.
Estiro mis huesos dormitados y echo un chillido en el aire, por la molestia de tener que levantarme temprano otra vez. Miro el techo y disfruto el silencio temporal de mi hogar.
Mi padre es fotógrafo, por lo cual no se encuentra en casa por cuestiones de trabajo. Gracias a ser mayor de edad, pude ganarme su confianza para poder quedarme sola. Mi madre murió en el parto, así que no pude conocerla. Lo bueno es que mi padre se casó con una maravillosa mujer, por lo tanto; no me faltó cariño materno. Ellos dos confinaron, y me alegró mucho, porque siempre pensé en que mi padre quizás, se sentía solo.
Pongo mis manos a mis costados y me impulso con las mismas para levantarme de mi cama. Mi habitación se encuentra vacía; la mayoría de mi ropa está en la maleta, y tampoco es que tuviera muchos adornos en las paredes.
Reviso mi armario. Me esforcé mucho empacando las maletas, para tener que abrirlas de nuevo, así que veo con desagrado aquel vestido rosa en mi closet, que hace tiempo no uso por el frío.
Bueno… Un día con un vestido no me va causar la muerte, ¿cierto?
Me tomo un baño y me adentro en el corto vestido. Ya se me estaba olvidando como se sentía tenerlo, sinceramente la sobriedad de este no me agradaba, sin mencionar, que estos tres últimos meses ha hecho un frío descomunal. Me pongo las zapatillas, tomo mi teléfono y emprendo mi camino a la cafetería.
El sol se posa en mi rostro, la brisa acaricia mi piel y agita el borde de mi vestido. Todo eso que es común en una ciudad tranquila como esta.
—Bonito día —saluda mi dulce aunque mal humorada vecina con su odioso perro.
Con una sonrisa amistosa, le digo:
—Oh, más bonita está usted, señora —aun sin detenerme, le guiño un ojo y la señora ríe con modestia.
Ciertamente, no es bonita, pero si algo he aprendido es que el mundo se basa en apariencias y una apariencia aceptable hace el mundo más fácil. Además; a los vecinos hay que hacerlos amigos.
—¡Liena! —El cartero, amigo de mi padre, saluda en su scooter.
—Bonita corbata, señor Cortes —elogio orgullosa por haber ayudado a ese pobre hombre a prescindir de las pintorescas y burdas corbatas.
—La eligió la mejor —grita a mis espaldas.
Al estar en la caminata, me percato de algo: el camino a la cafetería siempre abunda en personas, pero el día de hoy, escasea de ellas.
Me siento nerviosa al no estar protegida por la multitud.
Ya cerca de la cafetería, los choques de mis zapatos contra el asfalto del suelo, se vuelven más lentos, más sutiles, más furtivos, ¿por qué?: la cafetería reside en penumbras, remplazando su estilo moderno a uno más tétrico... Sin embargo, no me altero, o eso trato de pensar porque el repentino temblor de mis piernas me dice lo contrario.
Si algo era yo, era paranoica, por lo que decido, no darle importancia.
Subo el primer peldaño de la cafetería; el silencio gobierna en ella y mi piel comienza a erizarse. Abro dubitativa la puerta, las luces están apagadas, mis nervios encendidos, y las personas nulas. La única iluminación que hay, proviene de pequeñas lámparas que son opacadas por las cortinas rasgadas del lugar.
Pero, ¿qué pasó aquí?
Aprieto mi teléfono a un costado de mí.
Un leve olor de metal se mezcla con el del café. Levanto mi teléfono, enciendo la linterna y avanzo tres pasos.
Sangre...
Personas...
Mis pasos tropiezan, y en este momento, puedo sentir la adrenalina que obtienes al hacer algo indebido.
La sangre carmesí se extiende lentamente por debajo de mis zapatos, el agarre a mi teléfono se transforma débil, y mi corazón late desbocado en mi pecho. Solo puedo ver las siluetas de las mesas que se encuentran volteadas y en algunos casos; rotas. ¿Tenía que seguir entrando? ¿Podría hacerlo?
A un costado de mí, veo las fotos de recuerdo de nuestras constantes visitas junto a nuestros compañeros en aquella pared, acto que evoca, una voz:
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