La puerta de mis aposentos se cierra tras de mí. Hago una mueca, gruñendo airadamente por el tono de su ruido. Joder, necesito una copa. Aún me duele la cabeza por la resaca de la noche anterior, pero necesito despejarme. Necesito vengarme. Doy patadas a latas de cerveza vacías mientras me muevo por la habitación, paso junto a platos sucios apilados en una mesa de centro, junto a ropa vieja amontonada en el sofá del salón, junto a cuadros enmarcados: los cristales agrietados y rotos cuelgan ladeados o en el suelo. Aquí hace calor. O quizá no, podría ser sólo el sudor. Últimamente tengo cada vez más, lo que probablemente no sea una buena señal. "Probablemente" nada sea una buena señal, como me recordó el Dr. Crowber la última vez que vino a revisarme la pierna y a renovarme las recetas. La verdad es que los temblores y sudores provocados por el alcohol son una señal de que me estoy desmoronando. La otra verdad es que en este momento no podría importarme menos. Mis ojos se centran en la botella de bourbon casi vacía de mi mesilla de noche. Sí, estará bien. Cojo una taza de café vacía de la enorme repisa de la chimenea, la huelo y decido que no me importa la pizca de olor a café antes de desenroscar el bourbon y servirme uno doble. Me lo llevo a los labios y trago profundamente, sintiendo el calor familiar del alcohol introducirse en mi cuerpo destrozado. Me quema. Me inflama las venas y me quita el vaho de los ojos. Me aporta el tipo de concentración difusa que he aprendido a preferir a la realidad en los últimos meses. Y hoy la realidad es algo de lo que me alegra escapar. Porque subestimé los sentimientos que me provocaría tenerla de vuelta. Subestimé lo que me causaría. Samantha Emerson. Años después, vuelvo a recibir la misma maldita mirada de ella. De desprecio. De indiferencia. Que me desprecian por lo que soy, en lugar de adorarme por algo que no soy, como ha hecho siempre la mayoría de la gente. Y lo peor de todo, lástima. Ni siquiera es por el accidente. Ya recibí esta mierda de ella hace años, como si me tuviera lástima por ser yo. Frunzo el ceño mientras saco más whisky. Diría que la razón por la que ella está aquí, y no literalmente cualquier otra chica del planeta, es para que por fin sea capaz de reconocer quién soy yo frente a quién es ella, o para recordarle que no es mejor que yo, a pesar de su errónea creencia de que lo es, lo cual es mentira. Está aquí porque es ella, y está aquí para algo más que para salvar el trabajo de su padre, sólo que aún no lo sabe. Está aquí para salvar un imperio, mi imperio. Pero a la mierda su piedad. A la mierda su desprecio. A la mierda su indiferencia hacia mí. Ahora la poseo. El whisky me despeja la cabeza tanto como me la entierra. Me desplomo en la silla de respaldo alto que hay junto a la enorme chimenea de mi habitación, despejando más residuos y volviendo una cara amarga hacia el cenicero improvisado en lo que antes era un tazón de cereales. A la Sra. Smiths le sale una nueva arruga cada vez que le niego la entrada a mis aposentos, que poco a poco se han convertido más en un peligro para la salud y la seguridad que en una zona habitable. Pero este lugar es mi santuario y aquí no entra nadie más que yo. Ni la Sra. Smiths. Ni los pocos amigos que me quedan. Ni las mujeres sin nombre, aunque incluso ésas dejaron de hacerlo tras el accidente, ni mi pierna. Mi vivienda es un vertedero, eso es lo que es. Arruinadas y andrajosas, despojadas del prestigio y el pedigrí opulento y anticuado que tuvieron antaño. Más o menos como yo. Casi matar a tu mejor amigo y luego ser puesto bajo arresto domiciliario tiene ese efecto. No recuerdo una mierda del incidente de la noche de mi cumpleaños, hace seis meses. Diría que eso es bueno, salvo que estos días cada vez tengo más ganas de recordar. Necesito recordar porque necesito el dolor. Merezco el dolor. En el fondo, sé que debería ser yo el que estuviera en esa cama de hospital, no Paul. Debería ser yo el que yaciera destrozado y respirara a través de putos tubos, no el que se consumiera en esta vieja casa, contando los días que faltan para que me arrebaten la vida que conozco. Bebo un poco más de whisky, intentando difuminar los recuerdos de cuando me desperté en aquella cama de hospital: la pierna escayolada, la cabeza nublada y tres policías junto a mí con aspecto formal. Reconozco que no ha sido mi mejor cumpleaños. Mirando mi habitación aquí en casa de mis padres, la única gracia salvadora de este lugar, lo único que indica algo de humanidad, es la estructura improvisada de cristal y metal que hay en la esquina junto a las puertas dobles del balcón. Tengo las lámparas de calor encendidas las veinticuatro horas del día, tengo el sistema de agua por goteo conectado lo mejor que puedo, y tengo las "proteínas minerales fosilizadas y trituradas" que costaron una pequeña fortuna, tomadas de un lugar de horticultura que encontré en París aparentemente especializado en flores raras. Pero sé que es una batalla perdida. No soy Rafael Emerson con su mágico pulgar verde. Ni siquiera soy mi madre, con su amor por estas rosas. Supongo que son hermosas, pero para mí son sólo flores. Sin embargo, aquí estoy, manteniendo viva lo mejor que puedo la única planta que sobrevivió a aquel incendio, como si importara. Quién demonios sabe por qué hacemos la mierda que hacemos. De todas formas, por eso bebo. El whisky baja más rápido de lo que imaginaba. Lleno mi taza de café con la última gota antes de tirar la botella en dirección a una papelera. ¿Por qué mierda la he traído aquí? Noté el desprecio, la lástima y la indiferencia que recuerdo en los días de la estancia de Samantha Emerson en mi órbita. Pero también está esa otra mirada suya que está grabada para siempre en mi memoria. Esa mirada sólo la vi una vez, pero fue suficiente para que quedara tatuada en mi memoria. Fue la última mirada que me dirigió, aquella noche de hace varios años. Esa mirada de traición y rabia. Una mirada de conciencia. Era la mirada de alguien que por fin se da cuenta del monstruo que soy. Lo soy. La mirada que acaba de dirigirme es diferente, en cierto modo, pero básicamente es la misma. Mierda, han pasado ocho malditos años, y aunque el tiempo y la vida han suavizado y erosionado la crudeza de aquel dolor pasado, es la misma puta mirada. Entonces era un monstruo y el tiempo no ha hecho más que empeorarme. El accidente sólo me enterró más profundamente en la oscuridad interior. ¿Enviar a Paul al coma, estar encadenado en esta casa que es más un mausoleo para mis padres que otra cosa, sólo para descubrir que todo esto y todo lo que tengo podrían quitármelo cuando tenga veintiocho años? Antes era horrible, pero lo que quizá no sepa Samantha Emerson es que todo lo que ha ocurrido desde aquella noche sólo ha servido para una cosa. Me hizo empeorar. Mi mirada se desliza por la mesa que hay junto a la silla, mis ojos se posan en los pequeños regueros de lo que seguramente es yerba desmenuzada y cocaína de anoche que hay encima de mi portátil. Perfecto. Podría detenerme más en por qué traje a Samanta de vuelta aquí con sus miradas desdeñosas, y su odio hacia mí, y los demonios que trae consigo. Podría profundizar y meditar realmente por qué ella, en lugar de cualquier otra persona. O podría hacer lo que mejor se me da últimamente. Deslizándose hacia la oscuridad. El licor y las drogas y el santuario roto y destrozado de mis aposentos son más fáciles en cualquier caso.
EMPEZÓ COMO EMPIEZAN TODOS LOS ESTÚPIDOS Y JODIDOS RETOS DE INSTITUTO. Con alcohol, por supuesto. Imagina una villa en la playa con diez habitaciones. Ahora imagina a un adolescente del infierno con pleno control del lugar. Ahora elimina el elemento paterno de la ecuación. Ni que decir que prácticamente todas las fiestas que tuvieron lugar durante mis cuatro años en Peconic Bay High se celebraron en mi casa, y todas y cada una de ellas fueron una locura. —Te has dejado algo, mariquita. Paul pone los ojos en blanco y se encoge de hombros mientras Thiago se lleva el vaso de plástico a los labios y bebe el último sorbo. Thiago niega con la cabeza. —Sabes que el objetivo de beber es acabárselo al primer sorbo, ¿verdad?. —Supongo que no he trabajado mi reflejo nauseoso como tú. Sam resopla cuando Thiago nos enseña el dedo corazón. Ha alcanzado la bomba de barril alrededor de la cual estamos todos de pie. Estamos en el balcón de mi habitación, y los sonidos de la fiesta resuenan en el resto de la casa y en el césped que hay detrás de la piscina. Ni siquiera es tan tarde, pero la cosa ya se está desmadrando. Definitivamente hay tetas desnudas en la piscina y al menos dos asistentes de la fiesta ya se han desmayado en la hierba. Antón tiene a Bambi, —ambos mayores— a horcajadas sobre una de las sillas de la piscina mientras la agarra por los pies, sin importarle la multitud que les rodea. En resumen, una típica noche de viernes en la finca Schuster. Algunas noches, estaría allí con el resto de ellos, jugando al beer pong o haciendo body shots en las épicas tetas de Britany o lo que fuera. Pero algunas noches, —noches que últimamente son cada vez más frecuentes— prefiero sentarme aquí con Thiago, San y Paul mirando, como los cuatro reyes que somos, vigilando nuestra corte. —Sorpresa, sorpresa. Adivina quién no viene a tu fiesta. Parpadeo, girándome para ver a qué está asintiendo Thiago. Evidentemente, a Samantha que no está en la fiesta que se celebra a doscientos metros de su casa. Está fuera, en el pequeño porche vallado que hay detrás de la casita del jardinero, oculta al resto de la fiesta. Pero desde aquí arriba tengo una vista directa de su pequeño escondite. A veces me pregunto si ella lo sabe. Esta noche lleva sus grandes y toscos auriculares; claro que son grandes y toscos y "vintage", o lo que sea. Como si Samantha Emerson "debo ser diferente a los demás" pudiera ser sorprendida alguna vez con unos pequeños auriculares blancos de Apple como los demás. Y está tocando la guitarra. No puedo oírla, claramente, por encima del ajetreo de la fiesta y la machacona música hip-hop, pero aún así puedo observarla. En realidad, lo hace a menudo: se sienta fuera, en el porche, y toca tranquilamente su acústica, normalmente con esos malditos auriculares. Nunca oigo realmente lo que toca, y no puedo imaginar por qué debería importarme más allá de la simple curiosidad. Pero, por alguna razón, esa noche me pregunto qué será. —¿Qué mierda le pasa?, —sacude la cabeza Thiaho, dando un trago a la cerveza. No digo nada. —No hace nada. —Suena como si tocara la guitarra, —dice Paul encogiéndose de hombros. Thiago frunce el ceño. —Amigo, quiero decir que ella no sale de fiesta ni mierdas... no sé. Mierda, ni siquiera tiene citas. Paul se encoge de hombros, dando un sorbo a la botella de whisky que tiene en la mano. Salió con ese tipo, Bruno. Aparto la mirada ante la mención de Bruno Space, el chico con el que Samantha salía el año pasado. Salió. —Sí, pero luego se folló a Gabriel Sotto, o algo así a sus espaldas. Thiago resopla. —Jesús, ¿qué eres, la sección de cotilleos Cosmo del instituto Peconic Bay?. Paul le empuja mientras bebe otro sorbo de whisky. Sólo veo jugar a Samantha. —¿Crees que alguna vez la tocó? Esta pregunta me saca de mi trance, mis ojos se entrecierran y mi mandíbula se endurece mientras me vuelvo hacia mis tres amigos. —¿Qué? —siseo. Thiago se encoge de hombros. —Bruno. Se habrá follado a Samantha, ¿no? Salieron juntos durante un año. Frunzo el ceño. —¿Cómo carajo voy a saberlo? Lo sé. Lo sé porque saber la respuesta a esa pregunta me carcomió la mente durante meses antes de que el dinero y unas vagas amenazas físicas sacaran la respuesta de Bruno. No lo hizo. Thiago me mira. —Tranquilo. Sólo era una puta pregunta. —Le devuelvo la mirada—. ¿Crees que sea virgen?. Sam silba. —Naaaaah. No es posible. Se calentó demasiado el año pasado para aguantar más. —¿Alguna vez la has visto salir con alguien?. — Thiago se vuelve hacia mí—. Venga hombre, tienes que saberlo. ¿Ha salido alguna vez con algún chico? Quiero decir, demonios, probablemente puedas ver su habitación desde aquí arriba. Y puedo, de hecho. Me encojo de hombros, cojo mi paquete de cigarrillos y evito mirarlo. No tengo ni puta idea. Lo dudo. Es una casa pequeña y su padre siempre está allí. Paul se encoge de hombros. —Bueno, tiene esa guitarra y sus plantas. Quizá sea una de esas chicas a las que no les gusta hacerlo. Thiago suelta una carcajada. —Quizá esté esperando a que alguien que sepa qué demonios está haciendo le enseñe cómo. Odio esta conversación; los motivos son tan confusos como el resto de los sentimientos que despierta en mí la mención de Samantha. Paul se ríe, tose con el whisky y se tambalea un poco antes de levantarse, sujetándose el costado. —Mierda, ¿quieres decir tú, idiota? Thiago sonríe. —Háganse a un lado, caballeros, y les mostraré cómo se hace. Paul y Sam se ríen y sacuden la cabeza. Lleno mis pulmones con todo el humo de cigarrillo caliente que puedo. —¿Tú? —Paul saluda a Thiago y a su infame chulería. — Y una mierda. No podrías. —Ni de broma. Quizá después de que te enseñe cómo, —dice Paul con una sonrisa. Me quedo mirando en silencio, aplastando el cigarrillo lo más rápido que puedo, mientras el vaso rojo que tengo en la mano ondula ligeramente al apretarlo cada vez más fuerte. —¿Y tú, Schuster?. — Thiago se vuelve, asintiendo con su tonta y atractiva barbilla hacia mí. Realmente no entiendo la rabia que siento en ese momento, ante esos otros tipos que hablan de follarse a Samantha. Es rabia. Es algo irreflexivo. Y estoy muy confundido. —Esto es una puta estupidez, —gruño, me meto un nuevo cigarrillo en la boca y enciendo su punta con la del último. —Oye, si no quieres jugar en la liga, no tienes por qué hacerlo. Thiago se ríe entre dientes, pues me conoce lo suficiente como para darse cuenta de que me estaba cabreando, aunque no sepa muy bien por qué. —Podríamos hacerlo interesante. ¿Te apuntas?. Burbujeo bajo la superficie mientras dirijo mi sonrisa forzada a Thiago. Paul frunce el ceño y sus ojos se mueven entre nosotros, percibiendo la fricción, aunque ni siquiera él está totalmente seguro de lo que me pasa. —Muy bien, ¿por qué no nos relajamos? Tengo una onza de Cali Kush que me ha proporcionado mi hombre. Podría liarnos una buena... —A la mierda, —me encojo de hombros lo más despreocupadamente posible. —Me apunto. ¿Te parece interesante?. Paul se ríe. —Oh, mierda. Ahora estamos llegando a alguna parte. Thiago esboza una sonrisa. Como he dicho, me conoce y sabe que las probabilidades de que yo y mi vena competitiva nos retiremos de algo cuando se convierte en una apuesta son de una entre un millón. —¿Cien dólares cada uno? El primero que lo consiga se lleva el botín. El vaso se aplasta en mi mano, a mi lado. La cerveza gotea de la punta de mis dedos. —¿Qué eres, pobre de mierda, Wills Jones?— Thiago sonríe aún más. —Que sean mil para cada uno. Sam enarca las cejas. —¿Cuatro mil dólares a quien se folle primero a Samantha Emerson?. —Asiente mientras se bebe otra botella de whisky—. Mierda, me apunto. Esto es una estupidez. —Confía en mí, —sonríe Thiago mientras coge mi paquete de cigarrillos del alféizar del balcón y se pone uno entre los labios—. Estoy dentro. Metido hasta el cuello. Por un segundo, literalmente quiero matar a uno de mis mejores amigos. Realmente quiero tirarlo por el balcón y mearme en su cuerpo destrozado. Intento contenerme, pero me lo estoy imaginando con todo lujo de detalles mientras saco un cigarrillo, con los ojos clavados en él. La mirada burlona de Thiago se desvía hacia la mía y su frente se arruga. —Jesús, Schuster, es sólo un reto. —Se ríe—. ¿Quieres dejar de poner ojos de bestia?. Doy otra calada de humo, lleno mis pulmones y me trago la oscuridad. Y luego desaparece. Entonces vuelvo a esconderme. Me fuerzo a poner la habitual máscara de rostro sonriente mientras me encojo de hombros despreocupadamente y sonrío. —Sólo te estoy tomando el pelo, hermano. Thiago me sostiene la mirada un segundo más, frunciendo ligeramente el ceño, como si intentara ver a través de la máscara. No lo hará. Nadie lo hace. Se ríe, el sonido teñido de nerviosismo lo suficiente para hacerme saber que he llegado a un punto, aunque sea subliminalmente. —Amigo estás intentando meterte en mi cabeza, ¿eh?. Se ríe de nuevo y la repentina tensión de nuestro grupo en el balcón se disipa. El ambiente se aligera. Mi cabeza no. Paul asiente a Sam. —Oye, ¿sigues intentando ligarte a esa chica nueva, Morena?. —Lo intentaba. —Paul se encoge de hombros y su rostro se transforma en una sonrisa—. Ayer me la chuparon en la biblioteca de arriba después en inglés. Paul gime. Hijo de puta. Sam se limita a sonreír. —¿Quieres un poco? —No después de ti, Jesús. En toda nuestra puta gloria como "reyes" de la escuela, ésta es una norma: no se toca a una chica con la que haya estado uno de los otros. Creo que pretendemos tener normas. También es una cuestión de poder, porque se corre la voz. Así que si una chica está contigo, es porque te quiere a ti y no a los otros tres, ya que estar contigo significa que ligar con un de los otros está descartado. Como he dicho, es estúpido. —Si, a la mierda, —Thiago arruga la nariz—. A menos que quieras besar a una chica que sabe a la polla de Paul. Los tres estallaron en carcajadas, como debería haber hecho yo también. Después de todo, somos jóvenes, somos el uno por ciento del uno por ciento, y tenemos a toda la escuela de rodillas suplicándonos. A veces literalmente. Pero los ignoro mientras vuelvo a mirar la casita del jardinero. Ella sigue ahí fuera, en su pequeño porche vallado, rasgueando una melodía que no oigo y pronunciando palabras que no consigo descifrar. No puedo, no es una condición que mi cerebro esté acostumbrado a aceptar.
La oscuridad flota pesadamente en la habitación, como el aire de una tumba. Mis ojos se dirigen hacia las sábanas que cubren la mayor parte de los muebles, asomándose a la espesa oscuridad desde las pesadas cortinas que cubren las enormes ventanas antiguas. —El señor Schuster estará contigo en un momento. Ryan sonríe con esa sonrisa ligera y pausada que recuerdo: su voz suave conmueve la quietud del estudio. Sus ojos envejecidos son cálidos, aunque el resto de su rostro esté lleno de cicatrices y estrías. Frunce el ceño en silencio, sus pobladas cejas grises se arrugan mientras abre la boca un momento antes de sacudir lentamente la cabeza como si quisiera desterrar ese pensamiento. —Me alegro de verla de nuevo por aquí, señorita Emerson. Creo que esta vieja casa te ha echado de menos. Podría reírme, excepto por la amarga ironía que serpentea por mi garganta como la bilis. Para empezar, no eché de menos esta casa porque esta casa nunca me conoció. Durante ocho años, mi padre y yo vivimos a treinta metros de esta casa, y en nueve años, sólo estuve en ella dos veces. El día que llegué aquí y el día que me fui. Catriel Schuster se aseguró de que así fuera. Indago profundamente para encontrar algo de sinceridad sobre lo que debería decirle a Ryan. No puedo, así que en vez de eso miento. —Me alegro de estar aquí de nuevo, Ryan. Vuelve a tener esa sonrisa tensa y tirante, como si supiera que miento descaradamente, aunque es demasiado educado para decir nada. Los mayordomos de carrera tienen su propia manera de evitar que se noten tus gilipolleces. —¿Tu padre progresa bien en su recuperación? Bajo la mirada al suelo. No digo nada. —Terrible, —se le frunce el ceño a Ryan mientras suspira pesadamente—. Un accidente terrible. Asiento con firmeza, sin decir nada. —Bien, —añade con un movimiento de cabeza, de nuevo muy profesional. Da un paso hacia una de las dos puertas dobles del estudio y se detiene con las manos en los grandes tiradores de hierro—. Como te he dicho, el señor Schuster estará contigo en breve. Sr. Schuster. El diablo. Mi diablo. Mi atormentador, mi oscuridad, mi pasado. El cuchillo que una vez me partió en dos. Lo odio. Siento que se me acelera el pulso cuando Ryan cierra las puertas dobles, dejándome sola en la oscuridad del viejo estudio. Al otro lado de la habitación, el segundo par de puertas está abierto, aunque no hay nada más que oscuridad y sombras más allá de ellas. Me estremezco como si fuera una niña sola en un sótano, mientras mis ojos escrutan aquella puerta sombría. Tres mil kilómetros, dos maletas, una guitarra y una enorme deuda después, he vuelto. Ocho años después, rompo la mayor promesa que me he hecho a mí misma. La que me hice la noche que me destruyó. No vuelvas nunca aquí. Vuelvo a estremecerme al mirar las estanterías empotradas en la pared, detrás del escritorio cubierto de sábanas. Aquellas estanterías estaban llenas de fotos, al menos cien. Caras felices, vacaciones, cumpleaños, lugares exóticos. Una familia. Una vida. Un muchacho que aún sabía sonreír sin malicia. Ahora ya no están. Supongo que el estereotipo sería encontrarlas boca abajo o destrozadas en el suelo. Pero si alguna vez se apartaron o se hicieron añicos, hace tiempo que se habrían limpiado o guardado. Crick. Crick. El sonido agudo de algo golpeando el viejo suelo de madera me produce un escalofrío y me marea. Trago saliva y cierro los ojos mientras contemplo la penumbra a través de las puertas abiertas. El ruido continúa y siento que se me aprieta el pecho cuando empieza a aparecer una figura, una sombra que emerge de la oscuridad. —Extranjera. Su voz es como el whisky y la grava, una aspereza que reverbera al final de su profundo barítono. Ha cambiado ligeramente, pero es una voz que reconocería en cualquier parte. Es una voz que he oído en mis sueños durante años. Una voz que creí reconocer en desconocidos, con el corazón latiéndome con fuerza al girar la cabeza para buscar en un restaurante al fantasma de mi pasado que, de algún modo, me había seguido a cenar. Por supuesto, nunca fue realmente él. ¿Por qué iba a serlo? Peor aún, ¿por qué querría que lo fuera? Catriel se adelanta saliendo de las sombras y siento ese retorcimiento en el estómago que una vez me fue familiar. Hace años, Catriel Schuster era mi terror. En la ciudad más rica, en el tramo de costa más lujoso de la costa este, los Schuster eran de la realeza, lo que convertía a Catriel en el príncipe heredero. Y en un colegio lleno de gente increíblemente rica, —un colegio en el que por las mañanas se llevaba a los niños en limusinas con chófer o en coches deportivos europeos importados, y no en minibuses amarillos, y en el que se desfilaba a la última moda italiana antes incluso de que llegara a las pasarelas de Milán—, Catriel siempre estuvo por encima de los demás. Más rico que los ricos, con más pedigrí que la monarquía británica y más popular que cualquier boy-band de la época. Todo ello contribuyó a hacer de Catriel Schuster el niño mimado más insufrible de la larga y gloriosa historia de los niños mimados. Y mi padre trabajaba para su familia. En el país de las cuentas en el extranjero, las terceras y cuartas residencias, los yates y los coches de importación, crecí como hija de un hombre que cortaba el césped y podaba los setos de los Schuster. Catriel nunca me hizo olvidarlo y por eso y por muchas otras razones lo odio. Entonces era un cabrón y después nunca oí nada bueno sobre él. ¿Pero desde su accidente hace seis meses? Bueno, desde entonces se ha convertido en un monstruo. O eso he oído. Trago saliva mientras lo miro. Lleva un pantalón de pijama y una camiseta, el pantalón bajado sobre las caderas y la camiseta ceñida sobre el pecho ancho y musculoso. Nunca le había visto tan poco vestido. Ni siquiera aquella noche. La noche que me destruyó. La noche en que me despojó de todo lo que era y me rompió. La noche en que juré no volver jamás aquí. Cuando éramos chicos y estábamos en el instituto, él siempre era el mejor, vestía caro. Siempre a la moda perfecta. Siempre con el pelo impecable y preciso, con esa perpetua media mirada, media sonrisa en su rostro cincelado y aristocrático. Pantalones y camisas hechos a medida, chalecos de seda, algodón japonés, zapatos de cuero italiano... todo ello era de algún modo guay, aunque los estudiantes de secundaria tuvieran que llevar vaqueros y sudaderas. El hombre que tengo delante, apoyado en su bastón, con esos ojos oscuros y afilados como puñales clavándose en mí, es cualquier cosa menos el chico que conocí. Y no se trata sólo de pantalones de pijama. Para empezar, es enorme. Por supuesto, entonces Catriel siempre estaba en plena forma. Jugaba al baloncesto, nadaba y tenía un gimnasio en su propiedad que rivalizaba con el de la mayoría de los equipos deportivos profesionales. Pero siempre estaba en forma, nada más. En cambio, el hombre que tengo delante está esculpido. Los músculos sobresalen de los hombros de su camisa, tirando de ella hacia arriba sobre un pecho de aspecto poderoso y tensándola alrededor de unos bíceps cincelados. Se endereza, con la mano agarrando con fuerza el mango plateado del bastón mientras sus ojos me escrutan. Su camisa se levanta lo suficiente para vislumbrar unas caderas ahuecadas, un vientre plano y un rastro de vello... Aparto la mirada. Catriel Schuster no es un caramelo para los ojos. Es el demonio.