Libertinaje
Capítulo 1 Primer día

Alessandra   Horas después de haber entrado al monasterio, supe que no era uno convencional, no solo se trataba de un convento para postulantes a monja, si no también que la enorme instalación se dividía en tres: un grupo de estudiantes menores entre 12 y 17 años en su totalidad huérfanos en su mayoría niñas. Y un área en donde también se instruía monaguillos. Todas las zonas estaban muy bien distribuidas. Primera regla: todas teníamos prohibido la entrada a la zona “B”, (donde se encontraban los monaguillos), y a la zona “C”, (orfanato), solo podíamos entrar con algunas de las hermanas autorizadas. Me sentía totalmente perdida con tan solo mirar lo enorme que era el convento. Todos estábamos aquí por una razón: entregar nuestras vidas a Dios, no estaba bien codiciar lo material, pero era inevitable no apreciar el lujo que nos rodeaba, todo estaba inspirado en los años 30, sin embargo, se mantenía en perfectas condiciones, era un castillo en toda la extensión de la palabra, o quizás una mansión. La hermana Dolores nos entregó una bolsa blanca con la ropa que deberíamos vestir, una biblia y un rosario. Todas íbamos ordenadamente detrás de ella mientras nos enseñaba las instalaciones, a qué lugares podíamos ir y a cuáles teníamos estrictamente prohibido la entrada. Súbitamente nos detuvimos. Todas las postulantes nos acomodamos en bancos vestidas con una sotana azul marino. Mirábamos concentradas a la hermana Dolores: una de las encargadas más antigua en la institución, con raíces latinas y un respeto admirable por todos los miembros de la institución.  Después de casi 6 meses al fin estaba aquí en el monasterio de Santa Clara. Alrededor de 150 jóvenes tan ilusionadas como yo esperábamos entregarnos por completo a Dios. Después de hacer la señal de la cruz y esperar unos minutos, nos encaminamos hacia nuestros aposentos. —Aquí termina el recorrido, como os he mencionado las reglas son muy específicas y meticulosas. Por ende y por obediencia a nuestro señor respectadla —comentó la hermana Dolores—. Ahora os entregaran una celda e irán al comedor, pronto caerá la noche, y recuerden que a la 20:00 en punto todas deben encerrarse en sus celdas y sumirse en oración con el señor. Nos incorporamos y nos dividieron en dos grupos las más jóvenes nos iríamos con la hermana Carmen y el resto con la hermana Dolores. Cada una con un rosario en la mano y con la cabeza gacha seguimos a pasos lentos a la hermana Carmen, una mujer de unos 39 años, vestía una sotana negra con blanco y un rosario colgando en su cuello. Entramos por un pasillo largo y ancho, las paredes eran de ladrillos antiguos muy bien conservados. Mientras caminábamos noté que el pasillo estaba lleno de puertas de maderas. La hermana Carmen tomó un llavero y procedió abrir las puertas asignando una habitación para dos chicas. Todas tenían un número sobre la puerta y cada número una cruz a su lado. —Esta será su celda, recuerden rezar y leer la biblia, mantener la comunión con Dios como les explicó la hermana Dolores —recordó la hermana Carmen, a mí y a la que sería mi compañera de celda. —Amén —susurré. La chica que estaba a mi lado se limitó asistir con la cabeza, manteniendo los ojos en la nada y apretaba contra su pecho el rosario. La hermana Dolores se retiró con el resto del grupo de chicas. Y mi compañera y yo entramos. Habían dos camas individuales, ambas cubiertas con una manta marrón a juego con la almohada. A mi derecha estaba un crucifijo y al lado de una mesa una biblia como centro de ella. Solo teníamos un pequeño armario para nuestras cosas y no había mucha privacidad. Me arrodillé frente a mi cama y tomé el rosario. —No quiero estar aquí —murmuró la voz de mi compañera. La miré. —¿Entonces por qué estas aquí? Ella se abalanzaba de adelante hacia atrás abrazada a su rodillas en una esquina de la cama en posición fetal. Sus ojos apretados mientras tarareaba una alabanza en otro idioma. Me incorporé sentándome a su lado, y puse una mano en su rodilla para que se tranquilizara. —Tranquila, los primeros días son difíciles pero todo se hará más llevadero —la animé. Ella me miró con los ojos llorosos, enseguida supe que aquella chica arrastraba un pasado que la atormentaba. —Gracias —agradeció limpiándose la nariz con el dorso de la sotana—. Estoy aquí por que solo en la iglesia puedo encontrar un poco de paz. —¿Quieres que recemos un padre nuestro? —propuse. Ella asintió, y ambas nos arrodillamos frente a su cama. Unos minutos después, podía escuchar como las puertas de las celdas de mis compañeras eran abiertas, ya se disponían a ir al comedor. Hice la señal de la cruz antes de incorporarme. —¿Vienes? —pregunté. Ella negó con la cabeza, pero escuché su estómago rugir. —Prefiero quedarme a rezar un poco más —aseguró apretando sus ojos y juntando sus manos en plegarias. —¿Cómo te llamas? —pregunté. —Sofía. —Yo Alessandra —susurré. Volví a escuchar su estómago y miré hacia la puerta—. Voy a ir al comedor también trataré de traerte algo de cenar, ¿de acuerdo? Ella asintió y yo procedí a salir. El pasillo estaba casi desierto. Apenas veía rastros de algunas chicas a la salida y apresuré mis pasos para unirme al grupo. Llegando al comedor todas tomaban una bandeja y ordenadas desfilaban por un buffet donde solo te servían lo que ellos consideraban. Me uní al grupo y cuando tocó mi turno me senté en una de las mesas. Una de las hermanas presente bendijo los alimentos y el resto comenzó a comer en silencio. Yo pensaba en Sofía, de seguro no podía sacar una bandeja de aquí y me daba vergüenza preguntar, todo parecía tan solemne que opté por llevarle un poco de mi plato y evitar una llamada de atención. Guardé mi pan, y un poco de jamón en una servilleta. Instantáneamente sentí que estaba menos observada, me escabullí a pasos rápidos hacia la puerta. El motivo principal de todo era que teníamos prohibido salir del comedor antes de las 20:00 y a esa hora iríamos directo a los aposentos. Caminé con prisa sintiéndome un poco perdida entre los pasillos, giré en la primera esquina, chocándome de bruces con un chico. Iba vestido de negro, sus rasgos eran fuertes y un tamaño considerable entre la media. —¿Quién eres? —balbuceé—. ¿Qué haces aquí?, está prohibido estar en esta zona son reglas es un pecado —dije sobresaltada. Él me miró con una amplia sonrisa y tiró de mi mano haciendo que mi espalda quedara contra su torso y cubrió mi boca con sus manos. —Shhh… —susurró cerca de mi oído. Intenté moverme, ¿qué estaba haciendo? Pero en seguida noté el sonido de unos pasos, algunas de las monjas pasaban cerca de donde estábamos, hablaban entre ellas y reían.  Cuando los pasos se alejaron, el chico me soltó y se dispuso a irse. Lo seguí. —No has respondido a mi pregunta, no puedes estar en la zona “A" esta prohibido para ti. El chico me ignoraba y parecía tener prisa. Yo miré hacia atrás mientras lo seguía, me estaba alejando demasiado de mi habitación y corría el riesgo de perderme, que una de las hermana superioras me encontrara y me pusieran en penitencia por desobedecer el primer día. De repente el chico se detuvo clavando dos pares de ojos marrones claros en mí. —A partir de aquí ya no puedes acompañarme, y deberías de volver a tus aposentos antes de que te metas en problemas —aseguró, poniendo la mano sobre el pomo de una puerta negra. —¿Qué hay detrás de la puerta y por qué no puedo pasar? —interrogué. Demasiada curiosa—. ¿Quién eres? Él sonrió de lado. —Jayden. Se perfectamente en donde estoy metido, pero estoy seguro que tu no. Este no es un lugar para ti, me refiero a donde voy a entrar, deberías volver con las demás. —¿Por qué? —insté ignorando sus últimas palabras—. ¿Qué hay detrás de la puerta? Jayden torció el gesto nada contento con mi interrogatorio. —Libertinaje. —¿Qué? —balbuceé. —Una especie de club donde todo está permitido. Yo no debería de contarte esto es una asociación secreta que costa de 67 habitaciones, por los 66 libros de la biblia cada uno está destinado a una habitación diferente dependiendo como sea el nombre de la biblia que lleve, viven bajo sus normas, sus reglas por ejemplo: en Génesis, todos van desnudos y se permite lo básico beso y sexo. Conforme va pasando los nombres bíblicos cada uno tiene cosas únicas que te llevan a la frenesí. —¿Lo básico? —Pestañeé varias veces—. ¿Y el último?, la biblia tiene 66 libros y has dicho que habían 67 habitaciones —pregunté con una voz ausente. No creía lo que estaba escuchando. Es algo que no se cuenta algo que debes ver con tus propios ojos. —Nunca he llegado a ese pero dicen que es el más fuerte de todos. No todos resultan interesantes, pero algunos son el completo infierno, locura y libertinaje sin control. Mis pierna estaban temblando y mi corazón latía más despacio casi ausente. —No puedo creer lo que me cuentas es… —¡Viene alguien!, vete —ordenó, y visualicé que miraba detrás de mi con preocupación. Con la cabeza gacha me encaminé en dirección contraria a donde se escuchaban los pasos. Escuché una voz una de las monjas me gritaba que me detuviera. Doblé por unos de los pasillos, corrí hasta conseguir perderla, iba de espaldas así que dudo que me haya visto. Terminé saliendo al centro del jardín principal es el centro que conecta todas las zonas, un especie de jardín enorme donde suelen pasear las monjas, todo plano a excepción de una fuente central. Entré a la zona “A" escuchando un grupo de murmullos, las chicas volvían a las habitaciones. Los pasillos estaban muy oscuros a pesar de que habían algunos focos en la zonas. Corrí para unirme al grupo. Entramos en nuestros aposentos, minutos después escuché como ponían llaves a las puertas. Trastornada me encaminé hacia mi cama y me persigné varias veces. «Padre santo que es este lugar». —¿Estás bien? —quiso saber mi compañera de celda. Asentí con la cabeza y le entregué el pan que había traído para ella, estaba tan tensa que el pobre pan estaba machacado. Ella lo tomó agradecida se refugió en su espacio y luego volvió a rezar. Yo intenté hacer lo mismo pero no podía, no podía rezar tranquilamente sabiendo lo que sucedía bajo mis pies. Sofía dormía un poco inquieta pero al menos lo hacía a diferencia de mí, las 2 de la mañana y no había logrado pegar un solo ojo, no dejaba de pensar en el pecado y todo lo que se estaba desatando bajo mis pies, y lo que más me preocupaba era que una parte de mí necesitaba comprobar con mis propios ojos lo que me había contado Jayden. Tenía muchas preguntas sin respuesta y solo Jayden podía contestar a todas, necesitaba encontrarlo, volver hablar con él. Un quejido en forma de clamor resonó del otro lado de la puerta. Me acerqué temblorosa con el rosario en las manos buscando protección. Todo esto era una abominación, siempre dediqué toda mi vida a la iglesia y tengo más que claro que fuera o dentro de ella todo esto está mal. Pegué mi oreja a la puerta escuchando voces, parecían de jovencitas. Parecían negarse a ser llevadas a donde sea que estaban siendo trasladadas. Más de unas, eran varias voces, Dios padre, las niñas del orfanato. Mis labios apretados, una garras afiladas aruñando mi garganta. No podía creer que llevaran niñas a ese lugar. Cubrí mi boca para no sollozar. Las voces se fueron alejando hasta no escucharse. Después de dar vueltas por un largo rato terminé arrodillada frente a mi cama, rezando con los ojos muy apretados buscando desaparecer todas las suposiciones que se habían creado en mi cabeza, comenzando a rezar con desesperación.         ***   Sentí una mano en mi hombro sacudirme con delicadeza, instantáneamente me di cuenta de que había amanecido. —Ya es hora de ir a misa  —comentó Sofía—. Te has perdido el desayuno, no te molesté por que pensé que quizás querías ayunar. Asentí incorporándome. Me había quedado dormida y ya eran las 9:00. —Gracias, tuve una noche difícil. —Yo también, tuve unas cuantas pesadillas —confesó. Asentí y mientras ella se iba hacia la puerta yo me dispuse arreglarme para ir a misa. Nada de esto tenía lógica y si solo fue una pesadilla. Como podían actuar así sabiendo lo que pasaba por las noches.          Después de cambiarme la sotana azul marino por una marrón oscuro me uní al grupo de chicas que salían ordenadas hacia la parroquia. Un edificio grande con una forma un poco diferente a lo tradicional, tenía dos puertas grandes de caoba, al entrar todo era tan inmenso y una decoración tan extravagante que me recordaba al vaticano. Habían tres hileras de bancos largos una al lado de la otra dejando un pequeño pasillo de por medio, y la nave central que sería por donde pasaría el sacerdote. La hermana Dolores nos indicó colocarnos en la hilera que marcaba la letra “A", y entendí que cada hilera pertenecía a cada grupo de la zona. Los monaguillos entraban a la hilera “B”, y los niños a la “C”. Una vez todos acomodados el padre comenzó con la misa, pero yo estaba más pendiente a encontrar a Jayden. —En el desayuno se rumoreaba que alguna de la postulante a monja se escapó del comedor a noche —confesó Sofía a mi lado, y terminó realizando la señal de la cruz en varias repeticiones. —¿Saben quien es? —pregunté nerviosa. —No, la hermana Carmen no logró ver de quien se trataba. Pero dicen que si descubren quien es podría ser expulsada. Asentí mirando hacia la puerta hasta que vi entrar a Jayden. Lo seguí con la vista hasta que se sentó en el antepenúltimo banco. —Iré a rezar en la parte de atrás —comenté incorporándome. Me moví sigilosamente tratando de no llamar la atención. Al llegar a la parte de atrás me senté en la esquina que se aproximaba a su lado. Con la cabeza gacha y el rosario en la mano susurré: —Jayden… —¿Qué estas haciendo?, no podemos hablar podrían vernos y meternos en problema —susurró serio. —Lo sé, pero necesito que hablemos —pedí apurada—. Anoche escuché ruidos, eran niñas…, pedían ayuda ¿A dónde las llevan y por qué? Alcé la cabeza mirándolo de reojo. —No es el mejor lugar para hablar de esto —aseguró mirándome de soslayo y el ceño fruncido. —Quiero entrar… —balbuceé sin pensar. Jayden me miró de súbito, tan sorprendido como yo, y señaló a la salida. —Ven… Él salió primero. Y yo comenzaba arrepentirme de lo que le acababa de proponer. Asegurándome de que nadie me vería, salí. Él estaba en una esquina, dentro del la zona B. Llegando a su altura me encaminó hacia una zona un poco más desierta, y cerró la puerta. —No puedes entrar, no te conviene y de saber que eras tu la que merodeaba los pasillos anoche podrían matarte. Tragué saliva. —Sé  que está mal, pero quiero unirme al club de ser así no podrían matarme, ¿no? —pregunté temblorosa. —No es tan fácil entrar. Si no te ganas el sello no puedes ser parte del club. —¿Cuál sello? Él remangó la manga negra de su sotana. Una serpiente negra muy bien dibujada estaba tatuada en el lado interno de su muñeca. Lo miré sobresaltada. —Es el código para poder entrar, la mayoría de las monjas y los sacerdotes incluidos monaguillos que llevan tiempo aquí los llevan —explicó como si nada—. Este sello se gana. —¿Cómo? Jayden frunció el ceño y negó con la cabeza. —Esa información no te la puedo proporcionar, es confidencial solo para miembros, pero sí puedes entrar conmigo. Te llevaría a la puerta 1. Eso si, debes participar. Torcí el gesto sin dejar de mirar sus ojos marrones claros, en esta posición brillaban un poco más incluso su pelo castaño parecía resplandecer por la luz que nos enfocaba. —¿Participar? —Ir desnuda, besos y sexo… Lo básico —aclaró con un brillo lujurioso. —¿Puedo pensármelo? —siseé. Él frunció el ceño desencantado—. Yo nunca he estado con un hombre, siempre me guardé para Dios, no es tan fácil, sería mi primera vez, y no es normal que me pidas una orgía —protesté. —No te pido una orgía, dentro solo pueden hacer lo que quieran los miembros lo que poseen el tatuaje. Como mi invitada solo estarías conmigo, yo sería tu primera vez —matizó en un tono perverso y un brillo morboso en las pupilas. —Quieres acostarte conmigo y ni siquiera sabes mi nombre —recalqué, indignada. —¿Cuál es? —Pronunció sin mucho interés. Fruncí más el ceño, yo no vine a nada de esto, pero si quiero saber qué es todo lo que se esconde ahí abajo, esta es una oportunidad. —Alessandra —respondí, alejándome yendo hacia la puerta—. Me lo pensaré. —No —dijo. Me detuve y lo miré—. Ya no puedes echarte atrás sabes demasiado de la organización y eso es un peligro.

Capítulo 2 Secretos

Alessandra   Sus palabras me habían descolocado, me sentía media atrapada. —¿Vas a obligarme a tener sexo contigo? —pregunté. —No, solo te recuerdo que no te conviene hablar, nada de lo que te he comentado puede salir de tu boca —amenazó—. Quieres entrar, ¿no?, no tienes que pensarlo mucho, es algo que simplemente haces, y luego te dejas llevar, es como una droga al principio piensas tener el control pero llega el momento en que nada te sacia y necesitas algo más fuerte. —Está bien, he dicho que quiero entrar, voy hacerlo, solo será una vez —aseguré con una voz rasposa—. ¿Cuándo vamos a ir? —Esta noche, el club solo está abierto en las noches, a las 19:45 se activan las puertas y a las 20:00 cuando todos están en los aposentos empiezan. —Él se quedó pensativo unos segundos—. Nos encontraremos en el mismo pasillo de ayer a la misma hora, procura que nadie te vea y se puntual.  Yo me encargaré del resto. Mi corazón latía en mi cabeza, no sabía a dónde iba a meterme. Estaba demasiado asustada como para ser consciente de lo que estaba haciendo. O quizás solo eran nervios. —Estaré ahí —murmuré antes de perderme entre el marco de la puerta. Al salir e ir en dirección a la parroquia vi una chica sentada en la fuente, lloraba sin control e iba vestida con una sotana marrón oscuro, como yo. Dentro de la iglesia se escuchaban cantos de alabanzas en coro, me desvié de mi destino y me senté a su lado. —¿Puedo ayudarte en algo? —me ofrecí, notando que la jovencita que debía de ser de mi edad, tapaba su brazo y negaba repetidas veces con la cabeza. Yo miraba con insistencia hacia su mano, ahora estaba frustrada y buscaba el sello del club en todo el mundo. Pero ella no tenía nada. —Debo irme —comentó sin darme tiempo a que dijera palabra, entró a pasos rápidos hacia la parroquia. Al incorporarme Jayden salió de lo que fue nuestro escondite minutos atrás. Seguí sus movimientos con mis ojos, tampoco podía quejarme, era guapo, la sotana negra que llevaba no me permitía apreciar con exactitud su cuerpo pero sin duda prometía, sus ojos eran llamas ardiente un volcán lujurioso predominaba en ellos, eso revelaba experiencia. Sus rasgos eran fuertes e imponentes una belleza salvaje y a la vez matizada con suaves perfilaciones que le hacían lucir más abrumador, estaba muy lejos de ser feo, eso es un plus para lo que me espera esta noche, ¿no? «Dios mío, no me reconocía», aun no entraba a ese lugar y ya tenía deseos pecaminosos.  Sus ojos se posaron en mí. Él pareció deducir lo que estaba pensando: una sonrisa insinuante dirigida a mí y se adentró a la misa. No me sentía digna de entrar pero si yo no lo era la mayoría tampoco, sin embargo, todos estaban ahí fingiendo. Me encaminé hasta sentarme al lado de Sofía, aunque trataba de concentrarme en el sacerdote no hacía más que mirar de vez en cuando hacia la parte de atrás, justo en donde estaba Jayden. Él evitaba mirar en mi dirección pero podía notar que sentía cuando yo lo hacía. Suspiré pesado y concentré mi vista al frente.         Terminando la misa, los niños y el grupo de monaguillos se dirigieron a la salida, mientras nosotras permanecíamos a la espera de las palabras de la hermana Dolores. —Como sabéis, este es un lugar donde todas queremos entregar nuestras vidas al señor, pero sobre todo tenemos reglas, la mayoría adjuntadas a la biblia, y en una de ella está la pereza. Es algo que no se consiente y no está bien visto ante los ojos de Dios, así que se le asignará trabajos diferentes, todos los días después de misa irán a sus trabajos, hasta la hora del almuerzo, después del almuerzo tendrán unas horas libres donde podrán pasear por el jardín central —explicó la hermana Dolores. A su lado la hermana Carmen sostenía una libreta e iba llamando por nombres formando grupos de 7. Al escuchar mi nombre me incorporé uniéndome a mi grupo. A Sofía y  a mí, no nos tocó juntas,  pero si me gustó la zona que me asignaron, ayudaría a los niños de la zona “C" con sus deberes y una que otra cosa más. Al terminar de formar los grupos, mis compañeras y yo nos encaminamos detrás de la hermana que sería nuestra guía.  Apenas entramos a la zona “C", noté un ambiente pesado, no parecía un lugar donde vivieran niños felices, todo era lo más parecido a un hospital infantil, pero uno siniestro y muerto, no se escuchaban risas ni el murmullo de los niños, todo estaba tan calmado y serio que desesperaba. ¿Cómo hacían para que todos se mantuvieran tranquilos?, todos actuaban desinteresados incluso algunos parecían moverse de forma mecánica. Todos, estaban ahí, pero simplemente no parecían estarlo... —Aquí hay una zona de recién nacidos, son los hijos de mujeres que por lo regular los han abandonado, o que sus padres simplemente han tenido problemas con el alcohol y las drogas, no han podido hacerse cargo, algunos de ellos son especiales y merecen mayor atención, ¿alguna quiere ir a esa zona? —preguntó la hermana que nos guiaba. Dos chicas levantaron las manos, y terminaron entrando. Por el rabillo de la puerta pude ver varias incubadoras todas en hileras y los bebés en ellas. La puerta se cerró interrumpiendo mi escrutinio. Nos seguimos moviendo  hasta que entré a la zona que me asignaron, a mi y a una chica nos tocaba encargarnos de las niñas de 12 a 14 años, entramos a una especie de biblioteca, donde la mayoría estudiaba y ni siquiera nos dirigían la mirada. Aunque te sentaras a su lado todas mantenían su vista fija en lo que realizaban. Solo nos dirigían la palabra para preguntar cosas muy específicas y directas. Mientras iban pasando las horas comencé analizar a cada una de ellas, en mi grupo solo habían 15 y estaban sentadas en mesas separadas. Pero una en específico llamó mi atención, era la más apartada del grupo y la más callada. Mantenía su espacio como algo privado decorado con varios dibujos de monjas pegados a la pared. Me acerqué a ella sentándome a su lado, posé mis ojos en la biblia que leía, tratando de llamar su atención, pero ella no parecía dispuesta a instalar una conversación con nadie. Su pelo castaño claro caía como cortina cubriendo parte de su rostro, pero lograba distinguir una gran parte. —Hola —susurré. Silencio…—. Dibujas muy bien —halagué. Silencio. Esperé unos minutos a su lado, para darle tiempo de entrar en confianza. —Soy Alessandra —murmuré en un tono amable. Nada… Me incorporé dispuesta a dejarla. —Anastasia —balbuceó sin levantar la cabeza, casi fue un susurro, pero lo escuché. Sonreí. —¿Desde cuándo estás aquí?, Anastasia. —Ella se encogió de hombros—. Es muy aburrido estar aquí ¿a qué sí? —insté, consiguiendo arrancarle una sonrisita tenues. —Está prohibido instalar este tipo de conversaciones, todo lo que hablemos debe de ser de la biblia —murmuró. Me volví a sentar a su lado. —Pero aquí nadie nos ve, no tienen por qué saberlo —aseguré. Ella me miró sorprendida, y volvió a sonreír. Una sonrisa tenues y oxidada, podía notarlo. Sabía que la mayoría de estos niños debían de tener una historia difícil, supongo que algunos estaban aquí desde su nacimiento y una parte de mí entendía que necesitaban algo más que solo la palabra de Dios, también le hacía falta cariño. Anastasia comenzó a mostrarme algunos de sus dibujos y terminamos siendo amigas. No manteníamos una conversación fluida, pero las pocas palabras que intercambiábamos eran suficientes.      ***     Las horas mañaneras, y gran parte de las horas de la tarde habían fluido bastante lentas y tranquilas. Después de almorzar todas teníamos unas horas libres como nos habían prometido. Habían chicas que simplemente preferían estar en sus aposentos y otras que iban a la zona de taller donde enseñaban diferentes tipos de manualidades, también hay quienes estudian, pero esas debían salir a una zona más retirada casi fuera de el monasterio. A pasos lentos deambulaba por el jardín, pensativa…, no dejaba de darle vueltas una y otra vez a lo mismo, solo tenía en la cabeza lo que me esperaba en la noche. Y mientras más se ponía el sol, más sentía como la bilis subía a mí garganta. Me senté en un banco, y froté mis manos varias veces en la tela de la sotana. Mis manos estaban sudadas, siempre me pasaba cuando los nervios se apoderaban de mí. Ya comenzaba a replantearme muchas cosas, cómo: ¿si hice bien en venir aquí?, siempre estuve muy segura, pero, ahora no tanto. —¿En qué te ha tocado trabajar? —preguntó Sofía sentándose a mi lado. Tardé unos segundos en volver en si. —Ayudar a las niñas en la biblioteca, ¿y a tí? —En la cocina, ¿sabías que elaboran de manera artesanal galletas y las venden? —pronunció con una voz vibrosa. Forcé una sonrisa. —No, pero veo que te gusta la cocina. Ella asintió en automático. Entreabrió los labios dispuesta a decir algo, pero las campanas resonaron anunciando la cena y eso la interrumpió. —¿Vamos al lavatorium, nos lavamos las manos y vamos a cenar? —propuso. Miré de soslayo algunas chicas alejándose. —Prefiero quedarme en la celda. Ella asintió sin mucho interés y se alejó uniéndose al grupo. Me encaminé hacia los pasillos y me dirigí a mi habitación. Fui específicamente a el armario en donde guardaba un pequeño reloj de bolsillo y comencé a mirarlo fijamente sentada en la cama, casi podía escuchar como se movía la aguja en cada segundo. Estaba desesperada… Los minutos pasaron lentos pero avanzaron, apenas el reloj marcó las 19: 45 salí disparada por la puerta con sigilo y precaución. Llegué más rápido de lo que pensé a mi punto de encuentro con Jayden y para mí suerte un chico se acercaba desde el otro extremo del pasillo, di por echo que era él.  Y así fue. Al llegar a mi altura sonrió, una sonrisa que no dice nada pero que a la vez te lo dice todo. —Vamos antes de que nos descubran —sugerí, dando pasos hacia la puerta de la última vez. —Tranquila… —murmuró, siguiéndome los pasos—. No puedes ir así, llamas demasiado la atención. No dije nada, hasta detenernos frente a la puerta, entonces lo miré esperando que la abriera. Él me miró dudativo, desconfiado. —Estoy tranquila —aseguré. Suspiramos casi al unísono y entonces abrió. Asomé rápidamente la cabeza pero no vi nada más que una pequeña habitación y un cuadro. Fruncí el ceño. —¿Dónde está todo? —Entra —ordenó, permitiéndome el paso. Pasé, y escuché como él cerraba la puerta detrás de mí. Lo miré desconfiada, pero luego desvié mi vista a hacia el cuadro: una virgen, un cuadro común. Me giré para verlo, frente a nosotros teníamos una pared de cristal pero no se veía nada, Jayden, sacó un botón negro redondo y lo presionó consiguiendo al instante que el cristal se trasparentara. En automático distinguí una puerta «Un cristal inteligente, no pensé que tuvieran ese tipo de tecnologías aquí». Él se acercó, abrió la puerta esta vez sin dudar y lo seguí. Visualicé un pasillo no tan largo, las paredes estaban llenas de pequeñas puertas de metal, una al lado de la otra siguiendo un orden cronométrico. «Cajas fuertes». Dimos algunos pasos hasta que se detuvo frente a una, la abrió con la huella de su dedo índice, y sacó un antifaz negro. —Desnúdate —pidió. —¿Eh? —balbuceé—. ¿O sea, aquí,  ahora? —Sí. —Pero… —Aun no hemos entrado —interrumpió, señalando la puerta al final del pasillo—. Todo está ahí. Ya debemos entrar listos, y debes ponerte esto —añadió levantando el antifaz. Miré en dirección de a donde veníamos, una parte de mí quería salir corriendo pero me contenía. —¿Te das la vuelta? —pedí, comenzando a quitar mi sotana. Él sonrió perverso con cara de que lo que pedía no tenía sentido, pero se giró. Yo también me giré, y comencé a retirar mi ropa sin prisa, escuché un movimiento a mi espalda; miré de soslayo a Jayden, él también se estaba desnudando. Quité todo de mí e hice una bola con la tela apretándola contra mi pecho. —Ya… —informé, sin darme la vuelta. Lo sentí acercarse por detrás y acto seguido procedió a colocarme el antifaz. —¿Por qué tengo que ponérmelo? —murmuré. —Es un símbolo de sumisión para nosotros, solo las mujeres los llevan, ahí solo buscamos complacernos. Sucumbir a la carne, y el hombre es el cabecilla de la mujer así que es algo simbólico nada más —explicó bastante convencido de que debería ser así. —¿Estoy obligada a participar al 100%?, no es suficiente con solo ir desnuda y ver… —quise saber. —Mmm…, no te avergüences de tú cuerpo, ni de tu desnudez, tampoco de lo que puedas hacer con ello, estar como Dios nos trajo al mundo es nuestra mejor versión —susurró en mi oído, un tono demasiado suave que me erizó el bello de la nuca. Me giré para mirarlo. No pude evitar apreciar su desnudez, y el hacía lo mismo que yo, contemplarnos sin descaro. Pestañeé desviando mi vista a su cara. —¿Eso quiere decir que puedo no participar? —proseguí sacando de sus palabras la conclusión que me convenía. —Bien —zanjó, tomando mi sotana y su ropa para guardarla en la caja fuerte. Cerró la puerta y me miró—. Me lo pedirás. —¿Ah? —Con lo que verás ahí adentro tú sola me lo pedirás. Lo necesitarás… —siseó, demasiado seguro. Y procedió a ir al final del pasillo. Lo seguí con el ceño ligeramente fruncido, hasta llegar a la puerta. Al abrirla visualicé una escalera de hormigón e iba haciendo forma de caracol, al bajar los 10 primeros escalones había un apartado y ahí una puerta y así sucesivamente. Asomé la cabeza hacia el fondo de la escalera todo se veía oscuro, como si te fuera a tragar el sótano, conforme íbamos bajando los primeros escalones las luces se iban encendiendo. Esto era otro nivel, en todo lo sentidos nada que ver con el edificio inspirado en la arquitectura de los años 30 que es el conservatorio. —Uff, son demasiados escalones, ¿no hay un ascensor? —pregunté. El torció el gesto y arqueó una ceja divertido. —¿Acaso piensas llegar hasta la puerta 67? —vaciló. —No…, lo digo por los demás —aclaré con demasiada urgencia. —Hay ascensores. Lo miré curiosa. —¿Entonces quieres decir que esta no es la única entrada? —Así es —afirmó.  —¿Dónde está el resto? —quise saber. —Preguntas demasiado —instó un poco más serio—. Todo a su tiempo. Al llegar a la puerta, Jayden tecleó unos dígitos haciendo que se abriera una pequeña ventana, introdujo la muñeca que llevaba tatuada, y segundos después la puerta se desbloqueó. Instantáneamente escuché ruidos, lo miré, apenas sentía mis piernas de lo nerviosa que estaba. —Adelante —invitó, permitiéndome el paso primero.

Capítulo 3 Descubriendo cosas

Alessandra   Me quedé clavada en la entrada, a mi vista estaban alrededor de 20 personas llenando el lugar sin ningún pudor. La enorme habitación resplandecía iluminada con luces Leds violeta. En el centro de todo junto en el fondo estaba lo más parecido a un mini bar, donde una chica no tan joven servía alcohol.  Y efectivamente todas las mujeres llevaban un antifaz parecido al mío. Todos iban a lo suyo, nadie se detenía a mirar embelesado como lo estaba haciendo yo. Sentía el corazón en la boca, tan solo la sutil música que se escuchaba de fondo me erizaba la piel. —Así que solo quieres ver…—vaciló Jayden a mi espalda cerca de mi oído, ronco y suave. Su cuerpo hizo contacto con el mío haciéndome tantear su desnudez piel con piel. Al instante sentí sus dedos paseándose por mi brazo tocándome con avidez, sentía sus dedos envolviéndome con el poder endemoniado de la seducción. Entrecerré los ojos. Sus dedos eran agradables, roces sedosos y ardientes de los que no quieres que paren. Caricias subían y bajaban por el lateral de mi brazo cortándome el aliento. No sabía qué me sucedía todo parecía incrementarse aquí o quizás estaba muy sensible, un acercamiento extraño y  tan íntimo nunca antes experimentado que me ponía a flaquear como una gelatina en un colador. Demasiado vulnerable. —Sí, solo ver —me obligué a decir ignorando la piel que había erizado. Dejé de sentir su aliento en mi cuello y mi cuerpo lo agradeció en silencio, ya que mi boca no fue capaz de pedírselo. —Entonces solo mira —casi fue un reto. Yo podía controlarme claro que podía, llevaba tiempo reprimiéndome y esto solo era una prueba más de mi compromiso con la iglesia. «¡Que hipócrita era!». Cómo podía pensar tal cosa, cuando estaba aquí abriéndole mi corazón al pecado. Apreté los ojos para borrar todas esas ideas de mi cabeza ahora solo quería dejar mi mente en blanco. —Puedes sentarte ahí —invitó Jayden, señalando un sillón de cuero negro—. Está por comenzar. El sillón estaba prácticamente en el centro dentro de las dimensiones de la habitación. Mientras me encaminaba hacia el sillón visualicé en el otro extremo dos camas cubiertas con sábanas negras. En la cama yacían un grupo de chicas alrededor de tres hombres, a diferencia de las demás ellas si llevaban ropa interior. Sus dedos jugueteando entre todas en un enredo donde no se sabía quien era quién. Cerca a ellos varios hombres estaban sentados uno al lado del otro en un sofá, dos de ellos movían sus manos con rapidez masturbándose entre gemidos roncos, mientras se deleitaban contemplando como una chica se tocaba, ella deslizaba sus dedos desde sus senos hacia su entrepierna, con la boca entreabierta lamía sus labios al tiempo que bailaba explícitamente  en una barra de pole dance.  Próximo a ellos había otra pareja de hombres besándose. Desvié  la vista al sentarme con lentitud en el sofá, y miré en dirección a Jayden. Él contemplaba todo maravillado, la obscenidad que brillaba en su rostro era descabellada. Mi pulso latiendo al compás de los latidos de mi corazón, y sentía acabar de correr un maratón. Desvié la vista hacia mi izquierda donde había una mujer esposada con cadenas a la pared, ella parecía disfrutar mientras una chica vertía cera sobre sus senos. La cera roja caía en el centro de su pecho y se desplazaba con lentitud por su vientre hasta su ombligo donde se detenía, y volvía a derramar cera repitiendo el mismo proceso unas cuantas veces más. Sus sutiles gemidos indicaban que realmente era delicioso lo que sentía cuando la cera caliente hacía contacto con su piel. Ambas comenzaron a mover sus cuerpos con agilidad en un baile lento y ágil, la chica que vertía la cera deslizó su mano por el muslo interno de la mujer que estaba atada e hundió suavemente sus dedos entre sus pliegues, arrancándole gemidos desmesurados. La otra se dejaba tocar abriendo más las piernas, ondulaba la curva de su espalda pegada a la pared invitando a su compañera a que continúe.  La que sostenía la vela arrastró su lengua por la mejilla de su cautiva un desplazamiento lento…, y viscoso que endureció los pezones de su presa y terminaron besándose lengua con lengua en el aire un beso demasiado húmedo... Bajé la vista a mis senos comprobando que efectivamente estaba igual, mis pezones erectos. «Dios mío, mi alma saliendo de mi cuerpo, ya había visto suficiente…». De repente la música se detuvo pasando a una más lenta y provocadora, el color violeta de las luces led, cambió a un rojo intenso. Y todos parecieron activarse en automático. Jayden se dejó caer en un sofá frente al mío, a una distancia considerable. Su cuerpo se apreciaba a la perfección, las piernas semiabierta los brazos desplegados reposados sobre el respaldo del sofá. Pasé saliva al encontrarme con su miembro erecto. Él deslizó una mano acariciándose y eso me hizo alzar los ojos a los suyos. Una mirada en llama que me insinuaba lo que quería de mí. Y por una milésima de segundo imaginé que eran mis dedos lo que se enroscaban en su erección, mojó sus labios adueñándose de todo lo que me definía, una pose tan insinuante como insolente ¿Por qué tenía que ser tan condenadamente erótico? Mis uñas clavándose en la piel del sillón, mis rodillas vibrando y mi entrepierna mojándose. Una chica pasó por mi lado cortando mi campo de visión con una bandeja de condones ofreciéndolo de lo más normal, se detuvo cerca de mi donde otras dos chicas que no había visto se besaban y tocaban, una de ellas se encaminó al sofá en donde estaba Jayden, se sentó ahorcajada sobre él descaradamente y como si nada comenzaron a besarse, podía ver como sus lengua jugueteaban,  mientras ella movía sus caderas en  círculo, frenético. El roce era tangible no dejaban nada a la imaginación, ambos desnudos rosándose de esa manera tan salvaje solo podía desencadenar enajenación, delirio infrenable. Sin romper el beso, Jayden, se incorporó con las piernas de la chica enrolladas a su cintura y la dejó caer sobre el sofá, él deslizó su lengua húmedamente desde el mentón de la pelinegra hasta su vientre. Se desplazó hacia abajo deteniéndose en su entre pierna y la abrió sin tapujos, hundiéndose entre ella. La chica se arqueó al tiempo que hundía sus dedos entre el pelo de Jayden, dejando salir gemidos altos y profundos, un disfrute contagioso. Estaba demasiada concentrada en como él, lamía, jugaba y chupaba el clítoris de la chica, lucia demasiado salvaje y placentero. Casi podía escuchar el sonido húmedo de sus labios al succionar. Mi saliva se hizo más líquida y comencé a sentirme rara. Presenciar esto me incomodaba, me sentía fuera de lugar y, muy caliente.  Me hundí en el sillón retorciendo mis piernas, la apretaba en un intento de mantener el control y detener la oleada de calor que comenzaba acalambrarme las piernas invitándome a que me tocara. Mi respiración irregular y el deseo haciéndome esclava de la excitación. Comencé a frotar mis piernas mientras las apretaba, mi clítoris hinchado latía y mientras más apretaba mis piernas, más latía, más placer, más deseo. Me arqueé contra el sillón clavando mis uñas en la piel e inclinando la cabeza hacia atrás, mis ojos quedaron hacia el techo y lo que vi me hizo explotar, todo el techo era un espejo enorme donde podía ver lo que la mayoría hacía, como se besaban, tocaban, jugaban, fornicaban y ahí estaba yo con los ojos blancos, asfixiada por la cúspide de el libido y sin dejar de pensar en lo que me gustaría que me hicieran, gemí cerrando los ojos y retorciendo las piernas. Iba a tener un orgasmos sin que nadie me tocara y no podía ni quería detenerlo, cerré los ojos con más fuerza haciendo cómplice a mi respiración de cómo mi cuerpo me engullía al orgasmo más placentero que jamás había experimentado. Dos minutos tardé luchando para que el aire llegara a mis pulmones, y dos minutos fueron los suficientes para volver a tener las ideas claras y comenzar a sentirme culpable. Abrí los ojos y evité mirar en cualquier dirección que no fuera mis pies, me sentía avergonzada y bastante enfadada con Jayden por haberme traído aquí, no tuve que mirar en su dirección para saber lo que le estaba haciendo a esa chica, me molestaba por que hacía nada quería acostarse conmigo y ahora estaba sobre otra mujer en mis propios ojos sin importarle nada. ¿Acaso fui la única en sentir la chispa entre los dos en aquella intensa caricia en mi brazo? Me incliné hacia adelante apoyando mis codos en las rodillas con la cabeza gacha entre mis manos, sintiéndome ridículamente indignada. Alisé mi pelo hacia atrás y traté de desconectarme unos segundos, pero el ruido, todo lo que ya había presenciado y el olor a sexo no ayudaba. Me incorporé como un resorte disparada hacia la puerta y salí. Nadie me impidió la salida y apenas cerré la puerta todo el ruido se esfumó. Subí los 10 escalones que había bajado y entre por el pasillo. Me recosté contra el metal de la caja fuerte de Jayden, aquí lo esperaría. Pasados unos minutos escuché unos pasos, pensé que era él, pero no, otro chico se detuvo frente a donde me encontraba y abrió su caja fuerte sin prestarme mucha atención, comenzó a vestirse. Que incómodo. —Disculpa —dije, mirando dentro de su caja. Él me miró como si acabara de notar mi presencia. —¿Podrías dejarme ropa? —pedí. No me importaba que fuera una sotana de hombre me bastaba para llegar a mi celda. Él me miró de arriba abajo y terminó sonriendo de lado, al tiempo que sacaba algo. —Ten. Sujeté la sotana negra que me pasaba y me la coloqué rápido. —Deberías quitarte eso antes de salir. Casi olvido el antifaz. Me lo retiré. —Gracias —murmuré y me apresuré a salir. Podía sentir sus ojos en mi espalda. Pasé la puerta de cristal y crucé la última puerta hasta llegar al pasillo. Todo en silencio, demasiado tranquilo. Me moví desubicada, no por que no conociera el camino, más bien estaba media ida. Yo quería saber que había en esas puertas y no creo que haya nada más fuerte que lo que acababa de ver, ya lo había visto todo no necesito volver ahí, no necesito saber nada más ¿Qué mas se puede esperar de ese lugar? «Que violen niñas», me susurró mi voz interior, recordándome los quejidos que escuché la última vez. Resoplé. ¿Quién habrá creado este lugar?, quién está detrás de todo esto. Intenté abrir mi celda, y las puertas estaban con llave. Miré a cada lado pensando que hacer. ¡El baño!, la excusa perfecta. Ahí pasaría el resto de la noche encerrada en el baño, apena suenen las campanas me visto y voy al comedor. De paso sirve que me ducho.     ***     La noche más estresante de mi vida. No dejaba de escuchar ruidos de vez en cuando durante la madrugada sin olvidar que no dormí a pesar de que me cabeceaba a momentos. Y el sonido de las campanas fue un reto para mí, tener que ir rápido a vestirme sin llamar a la tensión y estar a tiempo en el comedor. Pero lo conseguí. Agradecí con un gesto de cabeza a la hermana que servía mi bandeja, y me dejé caer en una de las mesas. Estaba distraída pero de fondo escuché la bendición de los alimentos y algunas palabras a las cuales no le presté mucha atención. —Estuve rezando casi toda la madrugada y no llegaste a dormir —comentó muy bajo Sofía, sin levantar su vista de la bandeja. —No me encontraba bien, tenía diarrea y no podía aguantar encerrada así que me quedé en el baño —justifiqué. Una espina clavándose en mi garganta, desde que llegué no he hecho más que mentir, pecar y desobedecer. —Entiendo —aseguró mirándome de soslayo—. Necesito confesarte algo —pronunció ansiosa apretando el pan con las uñas. Mordí pan, y le di un sorbo a mi taza de chocolate, esperando que hablara. —Estoy embarazada —soltó. El chocolate se me fue a la nariz acompañado de una tos seca. Varios ojos se posaron en nosotras. Bajé la cabeza hasta que dejamos de ser el centro de atención. —¿Qué? —balbuceé. —No es nada de lo que piensas —justificó—. Recibí la carta de ingreso hace más de 2 meses, ese día era mi cumpleaños tomé unas copas de vino, pero se nos fue de las manos y no fui consiente de nada hasta el día siguiente, estoy arrepentida. Y no sabía como remediarlo, así que simplemente no dije nada pero hoy hace 2 meses que no me baja. No quería entrar aquí, pero tampoco quería perder esta oportunidad, me siento tan mal, ¿qué voy hacer? Me quedé en silencio, con los ojos como dos faroles sin saber que decir para eso no había una solución más que abandonar el monasterio. —No sé que decirte Sofía, es muy… —hice una pausa y bajé la voz—. Porqué no te retiras un tiempo, tienes al bebé y cuando estés lista te vuelves a postular para ser monja si es lo que realmente siente tu… —No puedo tener al bebé —interrumpió—. Sé que es un pecado pero quiero abortar —afirmó. Sin duda no debíamos hablar esto aquí alguien podría escucharnos. —Sofía… —traté de razonar para que lo pensara mejor. —Es mi hermano —confesó. Y yo la miré de súbito—. Él padre de mi bebé es mi hermano. Me quedé muda, desencajada. Y Sofía casi pálida. Que una postulante a monja estuviera embarazada después del meticuloso proceso de admisión que solían llevar y conociendo el prestigio de honor que tenía el monasterios de Santa Clara, seguro que la matarían solo por evitar un escándalo, después de todo no eran tan honestos como decían en su fe. —Ayúdame —suplicó en un murmullo. —Sofía yo no… —Por favor… —pidió desesperada—. Eres a la única que me he atrevido a contárselo. Puse una mano sobre la suya para que mantuviera el control estaba al borde de saltar en lágrimas. —Pensaré en algo —aseguré, teniendo a Jayden en la cabeza, él quizás pueda echarme una mano. Yo no pensaba volver a buscarlo no quería tener nada que ver con él. Estaba un poco a la defensiva solo de pensar que tendría que verlo. —Gracias —dijo honesta. —No tengo nada seguro, pero dame unos días para encontrar la mejor solución —aclaré. Ella me miró con una pizca de esperanza que me hizo sentir como una asesina. El sonido de todas las presentes incorporándose dando por terminado el desayuno nos hizo unirnos al grupo. Ahora tenía que pensar en una manera de hablar de esto con él. Más problemas y sentía que esto solo empezaba.

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