Los Comentarios de Mi Destino
Introducción

Mi prometido, el brillante Mateo de la Vega, había sufrido un accidente. Su carrera estaba hecha pedazos, su futuro destrozado. Mi padre, obsesionado con la reputación, exigió que anulara el compromiso de inmediato. Mateo era mi billete dorado a la alta sociedad, ahora inservible. Con el estómago revuelto, fui a verlo, las palabras de ruptura ya ensayadas. Él me miró, esperando el golpe final. Pero justo entonces, letras brillantes flotaron ante mis ojos: «¡Qué tonta! Mateo será el empresario más poderoso de España. Si lo humillas ahora, acabarás en la miseria». ¿Qué era eso? ¿Una alucinación por el estrés? El miedo me heló la sangre. Si esas palabras eran ciertas, ¿estaba a punto de cometer el mayor error de mi vida? Mis palabras preparadas se evaporaron. Mi boca se movió por sí sola. «Mateo, no te dejaré. Me quedaré a tu lado, pase lo que pase».

Capítulo 1

El olor a antiséptico y el silencio opresivo del hospital privado eran lo único que sentía. La noticia acababa de llegar, fría y directa, a través de una llamada del asistente de mi padre. Mateo, mi prometido, el brillante campeón de polo y prodigio financiero, había sufrido un accidente. «Una caída fea», dijo el asistente. «La pierna está destrozada. Su carrera ha terminado. Su futuro también». Mi padre, un diplomático de bajo rango con una ambición desmedida, me había enseñado a ser pragmática. Mateo era mi billete de oro para salir de la mediocridad de nuestra posición. Un billete que acababa de hacerse cenizas. Mi padre no tardó en llamar personalmente. Su voz era un témpano de hielo. «Isabela, anula el compromiso. Ahora mismo». No había un gramo de preocupación por Mateo en su tono, solo el pánico de un inversor que ve cómo su mejor activo se desploma. «No podemos permitirnos que el apellido de nuestra familia se hunda con él. Hazlo rápido y sin escándalos. Luego buscaremos a alguien mejor». Asentí en silencio al teléfono, con el estómago revuelto. Era lo lógico. Era lo que me habían enseñado a hacer. Me vestí con un traje sobrio y elegante, preparé las palabras más amables pero firmes que pude ensayar y conduje hasta la mansión de los De la Vega, que ya se sentía como un mausoleo. Encontré a Mateo en el salón, con la pierna escayolada y elevada sobre un cojín. Su rostro, normalmente bronceado y lleno de confianza, estaba pálido y sombrío. El silencio en la habitación era tan pesado que podía cortarse. Me miró, y en sus ojos vi la amarga resignación de quien espera el golpe de gracia. Tomé aire, lista para recitar mi discurso de ruptura. «Mateo, yo...» Fue entonces cuando sucedió. Unas letras brillantes, como los comentarios de un vídeo en redes sociales, aparecieron flotando justo delante de mis ojos. [¡Qué tonta! Mateo se convertirá en el empresario más poderoso de España. Si lo humillas ahora, acabarás trabajando en la miseria y olvidada por todos.] Parpadeé, sacudiendo la cabeza. Debía ser el estrés. Pero las letras seguían ahí, nítidas y amenazantes. El miedo, un miedo helado y visceral, recorrió mi espalda. Era un terror mucho más profundo que el miedo a la desaprobación de mi padre. Era el terror a un futuro de pobreza y olvido. Mateo seguía mirándome, esperando. Las palabras que había preparado se evaporaron. Mi boca se movió por sí sola, impulsada por ese pánico primitivo. «Mateo», dije, con una voz que temblaba, pero que sonó sorprendentemente sincera. «He venido a decirte que no te voy a dejar. Me quedaré a tu lado, pase lo que pase». La sorpresa en su rostro fue tan intensa que casi borró la amargura. Me miró como si me viera por primera vez. Yo apenas era consciente de lo que hacía. Solo sabía que tenía que aferrarme a él como si mi vida dependiera de ello. Porque, según esas palabras flotantes, así era.

Capítulo 2

Mi padre estalló en furia cuando le comuniqué mi decisión por teléfono. Sus gritos eran tan fuertes que tuve que apartar el móvil de mi oreja. «¡Eres una idiota, Isabela! ¡Una sentimental estúpida! ¿Crees que el amor te dará un lugar en la alta sociedad? ¡Te estás atando a un lisiado, a un fracasado!». «No voy a abandonarlo», repetí, con una firmeza que no sabía que poseía. «¡Muy bien!», bramó. «Entonces quédate encerrada en tu cuarto hasta que entres en razón. No saldrás de esta casa. Te quitaré las tarjetas, el coche, todo. Veremos cuánto dura tu lealtad cuando no tengas nada». Y cumplió su palabra. La puerta de mi habitación fue cerrada con llave desde fuera. Me convertí en una prisionera en mi propia casa. Durante dos días, sobreviví con el agua del grifo y la humillación. Pero el miedo a ese futuro miserable que me habían mostrado los comentarios era más fuerte que cualquier castigo. En la tercera noche, esperé a que la casa estuviera en silencio. Usé una horquilla para forzar la cerradura, una habilidad inútil que había aprendido de niña. Bajé las escaleras descalza, cogí las llaves de repuesto del coche de servicio y salí de la casa como una ladrona. Conduje directamente a la mansión de Mateo. La gran casa, antes vibrante, ahora estaba sumida en una penumbra silenciosa. El personal había sido reducido al mínimo. La decadencia ya se notaba en los pequeños detalles. El mayordomo me abrió la puerta con una expresión de sorpresa. «Señorita Isabela...». «Vengo a ver a Mateo», dije, intentando que mi voz no temblara. Lo encontré en el mismo salón, mirando por la ventana hacia el jardín descuidado. La desesperanza se había apoderado de él. Al verme, su rostro se endureció. «¿Qué haces aquí? ¿Vienes a disfrutar del espectáculo?». Dejé caer el bolso al suelo y me derrumbé. Las lágrimas, esta vez, eran reales, nacidas del miedo y el agotamiento. «Mi padre... me encerró», sollocé. «Me amenazó con desheredarme si no te dejaba. He tenido que escapar... No tengo a dónde ir». Le conté una versión cuidadosamente editada de la verdad, una historia de amor y sacrificio que me pintaba como una heroína romántica. Omití, por supuesto, la parte de los comentarios flotantes y mi terror egoísta. Mateo me escuchó en silencio, su expresión indescifrable. Cuando terminé, se quedó callado durante un largo minuto. «¿Por qué?», preguntó finalmente, su voz ronca. «Nunca te importé de verdad. Esto siempre fue un acuerdo de negocios para ti, igual que para mí». Me acerqué a él, arrodillándome junto a su sillón. Puse mi mano sobre la suya, que estaba fría como el hielo. «Quizás empezó así», admití, mirándole a los ojos. «Pero verte así, solo y abandonado por todos... no pude soportarlo. No soy como ellos, Mateo. No te abandonaré en tu peor momento». Sus ojos, llenos de desconfianza y dolor, me escrutaron intensamente. No dijo nada, pero no apartó su mano. Ese silencio fue su respuesta. Su aceptación tácita. Me quedé. Me instalé en una de las habitaciones de invitados, convirtiéndome en una presencia constante en la mansión en decadencia. Mi apuesta estaba hecha. Ahora solo quedaba esperar a que diera sus frutos.

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