La Resurrección de Difunto
Introducción

Mi hermano Leo, de diez años, necesitaba un trasplante de corazón que costaba 150 millones de pesos, una cifra imposible para mí, Sofía, una inmigrante venezolana sin papeles. Desesperada, acepté la oferta de mi colega Camila: pasar la noche "velando a un santo" por 200 millones. Pero al entrar en la sombría mansión de Don Eladio, el olor a cera quemada y la mirada fría de los anfitriones auguraban algo más siniestro. Descubrí al "difunto" en la habitación: no era un cadáver, sino un hombre vivo, aturdido y gravemente herido, la víctima de un brutal intento de asesinato y mi coartada perfecta. Encerrada con un "muerto" que respiraba, entendí que no solo era una virgen para un ritual, sino la chiva expiatoria en un plan macabro. ¿Cómo iba a escapar de esta trampa mortal, salvar mi vida y, con ello, la única esperanza de futuro para mi hermano?

Capítulo 1

El aire en el hospital público olía a desinfectante y desesperación, un olor que ya se me había pegado a la piel. «Ciento cincuenta millones de pesos», dijo el médico, sin mirarme a los ojos. La cifra flotó en el aire, pesada, imposible. «Es lo que cuesta el trasplante de corazón que necesita su hermano». Leo, mi hermanito, dormía en la cama con un tubo en la nariz. Su pecho subía y bajaba con una fragilidad que me partía el alma. Tenía solo diez años. Salí del hospital. El sol de Medellín quemaba, pero yo sentía un frío por dentro que no se iba con nada. Ciento cincuenta millones de pesos. Yo, Sofía, una inmigrante venezolana sin papeles, ganaba una miseria limpiando apartamentos de lujo. Era una suma que no vería en diez vidas. Mis pies me llevaron solos a la iglesia del barrio, un lugar pequeño y humilde. Me arrodillé frente a una virgen de yeso con la pintura desconchada y recé. Recé con la fuerza de una bestia acorralada, no con fe, sino con pura necesidad. «Por favor, por favor, un milagro». Una mano tocó mi hombro. Me giré. Era Camila, mi compañera de trabajo. «Sofía, te vi entrar», dijo con una voz suave, casi un susurro. «Escuché lo de Leo». Asentí, incapaz de hablar. Las lágrimas que había contenido en el hospital amenazaban con salir. «Hay una oportunidad», continuó, acercándose más. «Mis tíos, Don Eladio y Doña Inés... su hijo acaba de morir. Están destrozados». La miré, sin entender a dónde quería llegar. «Quieren hacer una velación de santo. Es un ritual antiguo para que el alma del difunto descanse en paz. Necesitan a una virgen para que pase la noche con el cuerpo. Para purificar su alma antes del entierro». Me quedé helada. «¿Qué estás diciendo, Camila?». «Pagan bien, Sofía. Muy bien», su voz era insistente. «Doscientos millones de pesos». Doscientos millones. La cifra eclipsó el horror de la propuesta. Era más que suficiente para el trasplante de Leo. Era su vida. «Es solo una noche. Estarás en una habitación con el cuerpo. Nadie te tocará. Es un acto de fe, de pureza». Mi fe. La misma que me tenía de rodillas pidiendo un milagro. ¿Era este el milagro? ¿Un pacto macabro disfrazado de ritual sagrado? Miré a la virgen de yeso. Sus ojos pintados parecían juzgarme. Pero luego pensé en Leo, en su respiración débil. «Acepto», dije, y sentí como si una parte de mi alma se rompiera.

Capítulo 2

Camila me llevó esa misma noche. La casa de Don Eladio no estaba lejos, en una de las calles más enrevesadas del barrio. Era grande, pero sombría, con las ventanas cerradas a cal y canto. El interior olía a cera quemada y a flores a punto de marchitarse. Había velas por todas partes e imágenes de santos en las paredes, sus rostros severos observándome desde marcos dorados. Don Eladio y Doña Inés estaban sentados en un sofá de cuero oscuro. Él era un hombre corpulento, con una cara que parecía tallada en piedra. Ella, delgada y nerviosa, no paraba de retorcer un pañuelo entre sus manos. Sus ropas negras acentuaban su palidez. «Ella es Sofía», dijo Camila. Don Eladio se levantó. Su mirada era pesada, evaluadora. «Gracias por venir, hija. Lo que haces por nuestro hijo... Dios te lo pagará». Su voz era grave, pero no sonaba rota por el dolor. Sonaba... controlada. «Es un ritual sagrado», continuó, acercándose. «La pureza es lo más importante». Abrió un cajón y sacó un fajo grueso de billetes. Lo puso sobre la mesa. «Cien millones. Un depósito de fe. El resto, mañana, cuando todo haya terminado». Miré el dinero. Cien millones de pesos. La mitad de la vida de Leo estaba ahí, sobre esa mesa de madera oscura. Doña Inés habló por primera vez, su voz un hilo agudo. «La curandera vendrá por la mañana. Para confirmar que el ritual se cumplió». La miré, confundida. «¿Confirmar qué?». Don Eladio sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. «Que te quedaste con él toda la noche. Y que tu... pureza, ha sido entregada al espíritu. Él la reclamará para poder descansar». Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Entregada? ¿Qué significaba eso? «No te preocupes», dijo Camila, poniendo una mano en mi brazo. «Es simbólico. Solo tienes que estar ahí. El espíritu hará el resto». Asentí, aunque el miedo empezaba a ahogarme. Cogí el dinero. Pesaba, como si estuviera hecho de plomo. Camila me guio por un pasillo oscuro hasta una puerta al final. «Él está aquí dentro», susurró. «Recuerda, no salgas por nada del mundo hasta que amanezca. Por la pureza del ritual». Abrió la puerta y me empujó suavemente dentro. La puerta se cerró detrás de mí con un clic definitivo. El sonido de una llave girando en la cerradura me hizo saltar. Estaba encerrada.

Seguir leyendo