Se Acabó Para Siempre
Introducción

Llevábamos cinco años juntos, una diseñadora y un torero a punto de casarse. Nuestra vida juntos, un sueño andaluz, estaba planeada hasta el último detalle, incluso la boda. Pero en una caseta privada, con el flamenco de fondo, la novillera Sofía, su sombra, lo soltó: "Estoy embarazada... y el padre es Javier". Él no negó nada, solo me pidió aplazar la boda para apoyar a 'su hijo'. El mundo se me vino encima al ver cómo me descartaba por un "accidente". En mi desesperación, cuando el teléfono sonó y era el discreto Mateo declarando su amor y pidiéndome matrimonio, respondí un rotundo "Sí". Al día siguiente, al intentar devolverle su capote olvidado, Javier y Sofía me humillaron, pidiéndome que cosiera su traje como una sirvienta mientras él me despreciaba por ser una "rica que solo sabe coser". Sentí la rabia quemarme el alma: "Se acabó, Javier, para siempre". En la Romería del Rocío, Sofía, celosa, me empujó, fingió un aborto y Javier me dio una bofetada delante de todos. Mateo me rescató de la vergüenza, prometiendo que se lo cobraría. En nuestra boda, Javier irrumpiendo, pidiendo perdón y queriendo "volver a antes". Ahí Mateo reveló que años atrás ya le había dado una paliza por reírse de mí. Javier fue arrastrado, su carrera destruida por mi padre. Sofía, obligada a casarse con él por su propio padre, terminó perdiendo al bebé y se obsesionó conmigo. Cuando Javier intentó huir, Sofía lo persiguió en coche, provocando un accidente fatal para ella y que él quedara discapacitado. Nosotros, Elena y Mateo, ¿qué hicimos? Construimos un imperio de arte y amor. Ahora triunfamos en Tokio, con nuestra "Alma Gitana", mirando las luces y construyendo nuestro propio fuego.

Capítulo 1

Llevábamos cinco años juntos, justo a punto de celebrar la Feria de Abril, el evento más importante para ambos. Para mí, como diseñadora, y para él, Javier, como el torero que prometía ser una leyenda. Creía que lo nuestro era para siempre, que la boda que planeábamos para después de la feria sería el comienzo de todo. Pero todo se rompió en una caseta privada, con el ruido de las sevillanas de fondo y el olor a vino manzanilla en el aire. Jugábamos a "Verdad o Atrevimiento". Cuando le tocó a Sofía, la novillera que siempre estaba pegada a Javier como su sombra, sonrió con malicia. "Verdad", dijo, mirando directamente a Javier. Alguien preguntó: "¿Es cierto que tienes un secreto que cambiará la vida de todos en esta mesa?" Sofía no apartó la vista de Javier. "Estoy embarazada", anunció, y su voz cortó la música. "Y el padre es Javier". El silencio fue total. Todas las miradas se clavaron en mí. Yo solo podía mirar a Javier, esperando que lo negara, que se riera, que dijera que era una broma de mal gusto. Pero no lo hizo. Me tomó del brazo y me llevó a un rincón más apartado de la caseta. "Elena, fue un accidente", me dijo, sin mirarme a los ojos. "Una noche, después de una corrida, bebimos demasiado". "Sofía no quiere casarse, criará al niño sola. Pero es mi hijo, tengo que apoyarla. Entiéndelo". Su voz era fría, como si estuviera hablando del tiempo. "Tenemos que posponer la boda", continuó. "Me mudaré un tiempo a su cortijo, para estar cerca, para ayudarla". No lloré. No grité. Solo sentí un vacío inmenso. Asentí, con una frialdad que no sabía que poseía. "De acuerdo", fue todo lo que pude decir. Me di la vuelta y salí de la caseta, dejando atrás el murmullo de la fiesta y mi vida destrozada. El aire fresco de la noche sevillana me golpeó la cara. Saqué mi móvil, sin saber muy bien a quién llamar. Entonces, el teléfono sonó en mi mano. Era Mateo. Su voz sonaba extraña, densa por el alcohol y la emoción. "Elena", dijo, y su voz se quebró. "No puedo más. Te quiero. Siempre te he querido. Cásate conmigo". La propuesta era una locura. Un impulso nacido de la desesperación. Pero en ese momento, en medio de mi ruina, su locura era lo único que tenía sentido. "Sí", respondí sin dudar. "Sí, Mateo. Me casaré contigo".

Capítulo 2

Al día siguiente, un sol brillante iluminaba Sevilla, como si se burlara de la oscuridad que sentía por dentro. Recordé que Javier se había dejado en mi taller un capote de paseo muy especial, uno que le había bordado a mano para su próxima corrida importante. Una parte estúpida de mí pensó que debía llevárselo. Quizás era una excusa para verlo, para entender algo. Conduje hasta el cortijo de Sofía. La cancela estaba abierta. Los encontré en el porche. Javier estaba sentado en una mecedora, sin camisa, y Sofía, de pie detrás de él, le masajeaba los hombros con una familiaridad que me revolvió el estómago. Reían por algo. Parecían un matrimonio de años. Me acerqué, con el capote en mis manos. "Te dejaste esto", dije, con la voz plana. Javier me miró, casi molesto por la interrupción. "Ah, gracias. Déjalo ahí". Luego, como si nada, cogió su traje de luces de una silla cercana. Tenía un pequeño desgarro en la taleguilla. "Elena, ya que estás aquí, arréglame esto. Mi mujer es mucho más hábil que tú, Sofía, para estas cosas". La palabra "mujer" resonó en el aire. Sofía sonrió, una sonrisa de triunfo. Sentí una oleada de rabia. "No", dije, firme. "No soy tu costurera". Me di la vuelta para marcharme. Javier se levantó de un salto y me agarró del brazo. "¿Qué te pasa? ¿No puedes tener un poco de grandeza? Sofía lo está pasando mal, y tú te pones así de mezquina". Me solté de su agarre con un tirón. "¿Grandeza?", repetí, incrédula. "Tú me hablas de grandeza". "Claro", espetó él. "Tú eres una heredera, lo has tenido todo fácil. Sofía viene de la nada, ha luchado por todo. Ella sí que tiene valor". Fue la gota que colmó el vaso. Todo el dolor y la humillación de las últimas horas explotaron. "Se acabó, Javier", le grité. "Se acabó para siempre. Quédate con tu grandeza y con ella". Me subí al coche y arranqué, dejando una nube de polvo tras de mí. A mitad de camino, sonó mi teléfono. Era la madre de Javier. "Elena", dijo su voz chillona, sin siquiera un saludo. "¿Qué le has hecho a mi hijo? Me ha llamado hecho una furia". "Señora, su hijo me ha engañado y va a tener un hijo con otra mujer". "¡Bah! Tonterías de hombres. Lo importante es que tú sepas perdonar. Pero claro, ¿qué vas a saber tú? Eres solo una costurera. Mi hijo tiene una carrera, tiene mundo, no como tú, siempre entre telas". "Él necesita una mujer que lo entienda, no una niña rica que solo sabe coser". No pude más. "Pues que se quede con la novillera", le dije. "Y usted no vuelva a llamarme en su vida". Colgué el teléfono y bloqueé su número. La rabia me dio una extraña claridad. Había terminado. De verdad.

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