No Habrá sacrificio ni Perdón, Solo Venganza
Introducción

Renací el día del funeral de mis padres adoptivos. El aire pesado olía a café barato mientras me arrodillaba frente a dos ataúdes vacíos. A mi lado, mi hermano menor, Máximo, lloraba desconsoladamente, pero yo sabía la verdad. Mis padres adoptivos, Roy y Susan Salazar, no estaban muertos; el supuesto deslizamiento de tierra era una farsa. En mi vida pasada, esta farsa destruyó mi futuro: tuve que abandonar la prestigiosa universidad de Bogotá para cuidar de Máximo. Trabajé sin descanso para convertirlo en el orgullo del pueblo, solo para que ellos reaparecieran en su graduación, prósperos y con su verdadera hija, Rachel. "Tu único propósito era criar a nuestro hijo", dijo Roy con crueldad, "Ya no nos sirves". Máximo, por quien sacrifiqué todo, simplemente se apartó y se puso del lado de sus "verdaderos" padres y Rachel. Esa noche, Roy y Rachel me golpearon hasta la muerte y arrojaron mi cuerpo a un barranco, mientras Máximo observaba con indiferencia. Morí sin entender por qué se habían ensañado así conmigo, por qué mi propio "hermano" me había traicionado tan fríamente. Pero ahora he vuelto. He vuelto al principio de todo, al funeral falso, con el alma ardiendo de odio. Esta vez, no habrá sacrificio, no habrá perdón. Solo habrá venganza.

Capítulo 1

Renací el día del funeral de mis padres adoptivos. El aire en el pequeño pueblo cafetero era pesado, lleno del olor a tierra mojada y al café barato que servían a los dolientes. Estaba arrodillada frente a dos ataúdes vacíos, con el rostro inexpresivo. A mi lado, mi hermano menor, Máximo, lloraba desconsoladamente. Pero yo sabía la verdad. Mis padres, Roy y Susan Salazar, no estaban muertos. El supuesto deslizamiento de tierra en una finca lejana era una farsa. En mi vida pasada, esta farsa destruyó mi futuro. Tuve que abandonar mi plaza en la prestigiosa universidad de Bogotá, donde iba a estudiar agronomía, para cuidar de Máximo. Pasé los siguientes quince años de mi vida trabajando sin descanso, desde el amanecer hasta el anochecer, en nuestra pequeña parcela de café, soportando la pobreza y el hambre, todo para que él pudiera estudiar. Lo logré. Lo convertí en el orgullo del pueblo, el mejor estudiante, listo para ir a la universidad. Y justo cuando pensaba que mis sacrificios habían valido la pena, mis padres "resucitaron". Aparecieron en la fiesta de graduación de Máximo, vestidos con ropa cara, luciendo prósperos y saludables. Con ellos venía una chica de mi edad, arrogante y hermosa. "Luciana", dijo mi madre Susan, con una voz que ya no reconocía, "te hemos estado buscando". Su sonrisa era fría. "Ella es Rachel, nuestra verdadera hija. Y tú... tú eres la hija del magnate del café, Victor Lawrence. Te intercambiamos al nacer". Me explicaron su plan con una crueldad que me heló los huesos. "Tu único propósito era criar a nuestro hijo, Máximo", dijo mi padre Roy, "Ya no nos sirves". Miré a Máximo, buscando ayuda, buscando al hermano por el que había sacrificado todo. Él simplemente se apartó, poniéndose al lado de nuestros padres y de su nueva hermana, Rachel. "Lo siento, Luciana", dijo sin mirarme a los ojos, "pero ellos son mi verdadera familia". Esa noche, cuando intenté escapar para buscar a mi verdadera familia, Roy y Rachel me alcanzaron. Me golpearon hasta la muerte y arrojaron mi cuerpo a un barranco, justo como habían fingido su propia muerte. Lo último que vi fue el rostro indiferente de Máximo, observando desde la distancia. Ahora, he vuelto. He vuelto al principio de todo. Al funeral falso. Siento el odio ardiendo dentro de mí, un fuego que consume cualquier rastro de la chica ingenua que fui. Esta vez, no habrá sacrificio. No habrá perdón. Solo habrá venganza. "¡Pobrecita Luciana! Ahora está sola con su hermano", susurraba una vecina. "Tendrá que dejar la universidad, seguro. ¿Cómo va a mantener a Máximo?", decía otra. Escuchaba sus murmullos, sus falsas condolencias. El alcalde del pueblo, un hombre cómplice de los Salazar, se acercó a mí, fingiendo compasión. "Luciana, lamento mucho tu pérdida. Tus padres eran buenos trabajadores". No respondí. Simplemente esperé. Esperé a que la mayoría de la gente se fuera, a que el sol comenzara a ponerse detrás de las montañas. Cuando solo quedaban el alcalde y unos pocos curiosos, me levanté. Caminé hacia las dos tumbas recién cavadas. Y empecé a cavar con mis propias manos. La gente jadeó, horrorizada. "¡Luciana! ¿Qué haces? ¡Es una falta de respeto!", gritó el alcalde, su rostro pálido. No me detuve. Mis dedos sangraban, pero no sentía dolor. Seguí cavando hasta que mis manos golpearon algo duro. No era madera. Eran las cajas de herramientas viejas de mi padre, llenas de piedras. Las saqué y las tiré al suelo. Los ataúdes estaban vacíos. Un silencio sepulcral cayó sobre el pequeño cementerio. Todos me miraban, sus rostros una mezcla de miedo y confusión. Me giré hacia el alcalde, con los ojos llenos de una frialdad que lo hizo retroceder. "Alcalde", dije, con la voz tranquila pero firme, "¿dónde están los cuerpos de mis padres?".

Capítulo 2

El alcalde tartamudeó, incapaz de formar una frase coherente. "Luciana... niña... esto... esto es un shock. Debe haber un error". "No hay ningún error", respondí, mi voz cortando el aire. "Usted organizó el transporte de los 'cuerpos'. Usted nos dijo que habían muerto en un deslizamiento de tierra. Ahora, dígame dónde están". La gente del pueblo empezó a murmurar, mirando al alcalde con sospecha. Su reputación se estaba desmoronando ante sus ojos. "Yo... yo no sé nada", insistió, sudando profusamente. "Solo seguí las instrucciones que me dieron...". "¿Instrucciones de quién?", presioné. Él no respondió. Sabía que estaba atrapado. "No me importa quién le dio las instrucciones", dije, cambiando de táctica. "Mis padres trabajaban para un terrateniente rico, ¿verdad? Murieron trabajando para él. Según la ley, su empleador debe pagar una compensación". El alcalde se sorprendió por mi repentino cambio de tema. "Sí, pero..." "No hay peros", lo interrumpí. "Quiero cincuenta millones de pesos. Por la muerte de ambos. Si no los consigo, iré a la policía de la capital. Les contaré sobre los ataúdes vacíos y sobre un alcalde que encubre un posible doble asesinato". El pánico se apoderó de su rostro. Sacó su teléfono y se alejó unos pasos, hablando en susurros urgentes. Sabía exactamente a quién estaba llamando: a mis "padres" muertos, Roy y Susan. Estaban escondidos en algún lugar, esperando que el funeral terminara para poder ir a Bogotá a buscar a su verdadera hija, Rachel. Después de unos minutos, el alcalde regresó, con una expresión de alivio y molestia. "Está bien, Luciana. Recibirás tu dinero. Pero tienes que prometer que no causarás más problemas". "El dinero primero", dije fríamente. Al día siguiente, una maleta llena de dinero llegó a mi puerta. No perdí el tiempo. Lo primero que hice fue ir a la oficina de registro y poner la pequeña parcela de café a mi nombre. En mi vida anterior, los Salazar la vendieron por una miseria justo antes de que la corporación Lawrence la comprara por diez veces su valor. Esta vez, esa ganancia sería mía. Luego, vendí todo lo demás: la casa destartalada, los muebles viejos, las pocas pertenencias que teníamos. Convertí todo en efectivo. Máximo me observaba con ojos llorosos. "Luciana, ¿qué estamos haciendo? ¿A dónde vamos a ir?". "A un lugar mejor", le respondí sin emoción. Tomé el dinero, agarré a Máximo de la mano y nos subimos al primer autobús que salía del pueblo, en medio de la noche. No miré hacia atrás. Nuestro viaje duró dos días. No nos dirigíamos a Bogotá. Nos detuvimos en una ciudad lejana y polvorienta en la costa, un lugar del que sabía que Máximo nunca podría escapar fácilmente. Lo llevé a un orfanato local, dirigido por unas monjas estrictas. Le entregué a la directora una generosa donación, suficiente para asegurar que Máximo fuera cuidado, pero no lo suficiente como para llamar la atención. Máximo se aferró a mi pierna, llorando. "Luciana, no me dejes. ¡Por favor! ¡Soy tu hermano!". Me agaché y lo miré a los ojos. "No eres mi hermano", le dije con una voz desprovista de todo afecto. "Y yo no soy tu hermana". Me di la vuelta y me fui sin mirar atrás, ignorando sus gritos desesperados. El sonido de su llanto fue música para mis oídos. Era el primer pago de la deuda que su familia tenía conmigo. Ahora, estaba sola. Libre. Con el dinero restante, compré un billete a Bogotá. No iba a buscar trabajo. Iba a buscar a mi verdadera familia. Iba a reclamar lo que era mío.

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