En mi vida anterior, Patrick, mi prometido, me estranguló en nuestra noche de bodas. Mientras llevaba el vestido blanco que mi madre me había cosido, sus dedos se apretaron en mi garganta, consumido por el odio hacia mí. ¡Todo por obligarlo a subir a un autobús para que no perdiera su trabajo! Él culpaba a esa decisión de la miseria de Scarlett, la mujer que amaba por encima de todo. Morí ahogada, sola, por la furia irracional de un hombre al que se suponía que debía amar. ¡No entendía cómo podía ser tan cruel, tan lleno de resentimiento, después de todo lo que hice por él! Pero ahora, he renacido. Estoy de vuelta en ese mismo instante fatídico, con la mano de Patrick todavía aferrada a mi muñeca. Esta vez, no lo arrastraré. Esta vez, lo soltaré. Ahora que él también ha renacido, no solo cambiaré mi destino, sino que haré que su caída sea un espectáculo inolvidable.
En mi vida anterior, la mano de Patrick Castillo se sentía como un grillete de hierro en mi muñeca, su agarre era tan fuerte que me dolía. "¡Lina, suéltame! ¡Te digo que esperemos a Scarlett!" Su voz era un rugido de impaciencia, sus ojos no me miraban a mí, sino al sendero que llevaba al arroyo, donde Scarlett Salazar, la "reina" de nuestra comunidad, se estaba arreglando el cabello, indiferente a que el autobús, nuestra única oportunidad de salir de esta miserable montaña, estaba a punto de partir. Yo no lo solté. En mi vida anterior, apreté aún más fuerte, con la terquedad de una mula. "¡No! ¡Patrick, este es el último autobús! ¡Si no subimos ahora, perderemos los trabajos! ¡Todos los perderemos!" Mi voz sonaba desesperada, suplicante. Los otros jóvenes del pueblo nos miraban con ansiedad, sus rostros llenos de miedo. Roy Chavez, cuyo padre murió en un deslizamiento de tierra mientras trabajaba para el padre de Patrick, me rogó: "Lina, por favor, haz que suba. Es nuestra única esperanza". La esperanza de todos descansaba en un fajo de documentos que Patrick sostenía en su otra mano, cartas de recomendación de una ONG internacional, emitidas en honor a mi padre, un líder comunitario asesinado por paramilitares. Yo era la "hija del mártir", y ese título era la llave de oro que nos abriría las puertas de la planta de procesamiento de café en la ciudad. Un futuro. Al final, lo arrastré al autobús. Scarlett se quedó atrás, gritando su nombre con furia. Conseguimos los trabajos. Nos casamos, como habían acordado nuestras familias. Y en nuestra noche de bodas, mientras yo llevaba el vestido blanco que mi madre me había cosido, Patrick me estranguló. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su rostro deformado por el odio. "Todo es tu culpa", siseó, sus dedos apretando mi garganta. "Si no me hubieras obligado a subir a ese autobús, Scarlett no habría tenido una vida tan miserable. ¡Tú arruinaste su vida! ¡Tú!" El aire se escapó de mis pulmones. La oscuridad me envolvió. Ahora, he renacido. Estoy de vuelta en este mismo momento crítico, el olor a tierra húmeda y a café rancio llenando mis fosas nasales, el motor del autobús retumbando como una advertencia. La mano de Patrick todavía está en mi muñeca. Su voz sigue siendo la misma, arrogante y egoísta. "Lina, ¿estás sorda? ¡Dije que esperemos a Scarlett!" Esta vez, lo miro directamente a los ojos. Veo la misma obsesión por Scarlett, el mismo desprecio por mí. Y entonces, suelto su mano. Simplemente abro mis dedos y lo dejo ir. Él se tambalea hacia atrás, sorprendido por mi repentina docilidad. "¿Qué...?" "Haz lo que quieras, Patrick", digo, mi voz tranquila, sin rastro de la desesperación de mi vida pasada. "Si quieres esperar, espera". Me doy la vuelta y camino hacia el autobús. El conductor me mira, impaciente. "Señorita Dawson, ¿sube o no? ¡Nos vamos!" "Subo", digo, y doy el primer paso. Detrás de mí, escucho los gritos de los otros jóvenes. "¡Patrick, no seas idiota! ¡Sube!" "¡Nuestros documentos! ¡Patrick, danos los papeles!" Él se ríe, un sonido feo y lleno de desprecio. "No se preocupen", dice, y su voz me hiela la sangre. "Dejen que se vaya. En unos días pasará un convoy de las Naciones Unidas. Con estos papeles, nos llevarán a la ciudad. Llegaremos con más estilo que en este cacharro". Me detengo en el escalón del autobús. Me doy la vuelta lentamente. Patrick me mira con una sonrisa de suficiencia, sus ojos brillan con un conocimiento que no debería tener. En ese instante, lo entiendo. Él también ha renacido.
El autobús arrancó, levantando una nube de polvo rojizo que nos envolvió a los que nos quedamos. El sonido del motor se fue apagando, llevándose con él las esperanzas de todos. Bueno, de casi todos. Los otros jóvenes se quedaron paralizados, sus rostros eran una mezcla de incredulidad y desesperación. Luego, la desesperación se convirtió en ira. "¡Castillo! ¡Eres un desgraciado!" "¡Nos has condenado a todos!" Roy Chavez, que era más grande y más fuerte que los demás, se abalanzó sobre Patrick, con los puños cerrados. "¡Dame esos papeles, imbécil! ¡Tú te puedes quedar aquí con tu puta, pero nosotros nos vamos!" Patrick no se inmutó. Dejó que Roy lo golpeara en la cara, una, dos veces. La sangre brotó de su labio, pero su sonrisa arrogante no desapareció. Justo en ese momento, un silbido agudo cortó el aire. Scarlett Salazar apareció en el sendero, fresca y radiante como una flor venenosa. Llevaba un vestido blanco que resaltaba su piel bronceada y su cabello negro y brillante caía en ondas perfectas sobre sus hombros. En su mano, sostenía unas pequeñas tijeras de costura, las mismas que usaba para "arreglar" su ropa. "¿Quién se atreve a tocar a mi Patrick?", dijo, su voz dulce pero con un filo peligroso. Roy y los demás retrocedieron, intimidados no tanto por Scarlett como por las tijeras que brillaban bajo el sol. Sabían que ella era capaz de usarlas. Patrick se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano. "Tranquilos, idiotas", dijo, su voz ahora más calmada, casi burlona. "Les dije que tengo un plan. Mi padre es el capataz, ¿creen que no sé cosas? El convoy de la ONU pasa por aquí cada mes para supervisar los proyectos de la ONG. Llegarán en tres días. Nos llevarán a la ciudad, y no como simples trabajadores, sino como invitados especiales, los protegidos del mártir Dawson". Su mirada se posó en mí, desafiante. Los otros jóvenes, desesperados, se aferraron a esa brizna de esperanza. Sus miradas pasaron de la furia a la duda, y luego a una sumisión renuente. "¿Estás seguro, Patrick?", preguntó uno de ellos, con voz temblorosa. "Por supuesto que estoy seguro", respondió Patrick, hinchando el pecho. "Mi padre se encarga de todo. Siempre lo hace". Mentira. Su padre era un hombre corrupto que había estado malversando los fondos de la comunidad durante años. Y este plan... este plan era de Scarlett. Lo supe en el momento en que la vi sonreír, una sonrisa de triunfo secreto mientras se acercaba a Patrick y le limpiaba la sangre del labio con su pañuelo. En mi vida anterior, yo no sabía nada de esto. Creía en el compromiso arreglado, creía que era para unir a la comunidad. Qué ingenua. La familia Castillo solo quería mis tierras y la compensación que recibí como hija de un líder social asesinado. Querían el "elemento especial" que me hacía valiosa. Y Scarlett... Scarlett quería todo lo que era mío. Observé cómo Patrick y Scarlett se miraban, una corriente de complicidad pasando entre ellos. Los demás no lo veían, pero yo sí. Yo había muerto por ello. "Bueno", dije, rompiendo el silencio. "¿Y si el convoy no viene?" Mi voz era tranquila, casi casual, pero la pregunta flotó en el aire, cargada de veneno. Patrick se giró hacia mí, su sonrisa se desvaneció. "Vendrá", espetó. "¿Y si no?", insistí, dando un paso hacia ellos. "Este camino de montaña es traicionero. Un deslizamiento de tierra, una lluvia fuerte... muchas cosas pueden pasar en tres días". Dejé que la duda se instalara en las mentes de los demás. Vi el miedo volver a sus ojos. "Cállate, Lina", siseó Scarlett, su dulce fachada se agrietó por un segundo. "Tú no sabes nada". "Oh, sé más de lo que crees", respondí, mirándola fijamente. Luego, me di la vuelta y empecé a caminar de regreso al pueblo, dejando atrás a la pareja de traidores y a su audiencia de tontos esperanzados. Mi sombra se alargaba frente a mí en el camino polvoriento. Esta vez, no habría una vida miserable para Scarlett. Habría algo mucho peor. Para ambos. La venganza es un plato que se sirve frío, y yo apenas estaba empezando a prepararlo.