Un golpe brutal me dejó inconsciente tras salvar a mi prometida Lina de un accidente. Cuando desperté, fingí amnesia para no preocuparla, pero la verdad que descubrí me heló la sangre. Lina, mi amor de dos años, convenció a su mejor amiga Sylvia para que se hiciera pasar por mi prometida durante mi "recuperación". Pero lo más devastador fue oír a Lina mofarse por teléfono, diciendo que yo era "demasiado intenso" y que necesitaba "un respiro" con su ex. Prometió que, cuando se cansara de "jugar" con él, regresaría, y yo, ciegamente enamorado, la perdonaría. Comprendí que todo mi amor por ella era una farsa unilateral, un trampolín para sus caprichos. El hombre que la amaba ciegamente murió con esa verdad. Así que sonreí, miré a Sylvia, y decidí que Lina aprendería una lección inolvidable: su cruel juego acababa de empezar, pero lo que ella no sabía es que yo también estaba dispuesto a jugar. Y que en el proceso, descubriría que mi verdadera musa, la inspiración que siempre busqué, nunca fue ella.
El sonido metálico y agudo del equipo de iluminación al desprenderse del techo me hizo reaccionar por puro instinto. Vi cómo la estructura de metal se precipitaba directamente hacia Lina. Sin pensarlo dos veces, me lancé y la empujé fuera del camino. Lo siguiente que sentí fue un golpe seco y brutal en la cabeza, y después, solo oscuridad. Cuando desperté, el olor a antiséptico me inundó las fosas nasales. Estaba en una cama de hospital, con una venda apretada alrededor de mi cabeza. Lina estaba a mi lado, mirándose las uñas con aburrimiento. Su mejor amiga, Sylvia, estaba de pie un poco más atrás, con una expresión de genuina preocupación en su rostro. Una idea estúpida, una broma para aligerar el ambiente, se me ocurrió. "¿Dónde... dónde estoy?", pregunté, fingiendo confusión. "¿Quiénes son ustedes?". Lina levantó la vista de sus uñas, y una chispa extraña brilló en sus ojos. Una sonrisa lenta y calculadora se dibujó en sus labios. "Roy, mi amor, soy yo, tu prometida". Hizo una pausa, y luego, con un gesto casual, señaló a su amiga. "Ella es Sylvia, una amiga nuestra". Pero entonces, añadió algo que me heló la sangre, a pesar de que sabía que era una farsa. "Yo soy tu prometida... Sylvia". Vi la confusión y el pánico en el rostro de Sylvia. Abrió la boca para protestar, para decir la verdad, pero Lina le lanzó una mirada tan dura, tan imperativa, que Sylvia se quedó callada, tragándose sus palabras. Lina se inclinó, me dio un beso rápido en la mejilla y sacó su teléfono. "Tengo una sesión de fotos urgentísima, mi amor. Sylvia te cuidará. Nos vemos luego". Y sin más, se fue, dejándome solo con la mujer a la que, según su mentira, estaba a punto de desposar. Sylvia se acercó a la cama, con los hombros encogidos y la mirada baja. Su nerviosismo era palpable. "Roy, yo...". "Tranquila", la interrumpí, manteniendo mi farsa. "Está bien. Supongo que... lo recordaré todo pronto". Ella asintió, sin mirarme a los ojos. El juego de Lina había comenzado, pero lo que ella no sabía era que yo también estaba jugando. Y estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba su crueldad.
Sylvia me llevó a "nuestro" apartamento. En el momento en que entré, supe que algo no cuadraba. El lugar era cálido y acogedor, un desorden organizado de partituras, guitarras colgadas en las paredes y libros de música apilados en cada rincón. Olía a madera vieja y a café recién hecho. No se parecía en nada al piso de Lina, que era un espacio minimalista, frío y blanco, donde cada objeto parecía sacado de una revista de diseño y daba miedo tocarlo. Me senté en el sofá, un mueble viejo y cómodo que parecía abrazarte, y fingí un dolor de cabeza para poder cerrar los ojos y pensar. Sylvia se movió por el apartamento con una gracia silenciosa, preparándome un té. "¿Te sientes bien, Roy? ¿Necesitas algo?". Su voz era suave, llena de una preocupación que sonaba demasiado real. "Solo necesito descansar un poco", respondí, manteniendo los ojos cerrados. Fue entonces cuando sonó su teléfono. Vi de reojo cómo se tensaba al ver el nombre en la pantalla. Se alejó hacia la cocina, pensando que yo no podía oírla. Pero las paredes eran finas. "Lina, ¿qué quieres?". La voz de Sylvia era un susurro tenso. "¿Cómo está? ¿Se lo ha creído todo?", la voz de Lina sonó clara y burlona a través del teléfono. "Sí, se lo ha creído. Pero esto no está bien, Lina. No podemos hacerle esto". "Ay, por favor, Sylvia, no seas tan dramática. Es solo por un tiempo. Necesito un respiro. Roy es... demasiado intenso. Siempre encima, siempre planeando nuestro futuro. Me ahoga". Hubo una pausa. "Máximo ha vuelto a la ciudad. Quiero divertirme un poco, ¿entiendes? Volver con mi amor de juventud sin que Roy me monte una escena". El nombre de Máximo Sullivan, el famoso y arrogante jugador de polo, resonó en mi cabeza. El ex de Lina. "Y cuando me canse de jugar", continuó Lina con una risa despreocupada, "simplemente le diré a Roy que su memoria ha vuelto, le daré un par de besos y todo volverá a la normalidad. Él me adora. Me perdonará cualquier cosa". Cada palabra era un golpe directo a mi pecho. Sentí cómo algo dentro de mí se rompía. El amor ciego y devoto que sentía por ella se hizo añicos, reemplazado por un frío y lúcido dolor. Así que eso era yo para ella. Un trampolín. Un perrito faldero al que podía dejar y recoger a su antojo. Sylvia intentó protestar de nuevo. "Lina, es cruel...". "Tú solo sigue la corriente, ¿quieres? Me lo debes. Ahora, pásame a mi prometido, quiero decirle buenas noches". Sylvia volvió al salón, con el rostro pálido y los ojos llenos de culpa. "Lina quiere hablar contigo". Cogí el teléfono. "Hola, mi amor", dijo Lina, su voz ahora melosa y dulce. "¿Cómo te encuentras? ¿Te está cuidando bien Sylvia?". "Sí, perfectamente", respondí, mi voz sonando extrañamente calmada. "Es... muy atenta". "Genial. Descansa mucho. Te quiero". Colgó. Devolví el teléfono a Sylvia. Nuestros ojos se encontraron por un segundo, y vi en los suyos una profunda tristeza. Me di cuenta de que ella también era una víctima en este juego. Una marioneta en manos de su "mejor amiga". En ese momento, mi plan cambió. Ya no se trataba solo de una broma. Se trataba de una lección. Y Lina iba a aprenderla de la manera más dura.