El recuerdo de mi vida pasada es un veneno que corre por mis venas: una traición, una muerte por una alergia mortal al mango, urdida por mi mejor amiga Valentina, y la mentira unánime de todos, incluido mi novio, Rodrigo, para encubrirla. Pero el horror no terminó ahí; mi madre, una fiscal brillante, luchó incansablemente por mi justicia, solo para ser aplastada, acosada y finalmente rota por la poderosa familia de Valentina, eligiendo el suicidio antes que la desesperación. En esta nueva vida, me encuentro de vuelta en el aula, con el zumbido de mis compañeros de fondo, justo una hora antes del examen de admisión a la universidad, el día en que todo empezó a desmoronarse por primera vez. Entonces, la voz de Rodrigo rompe la calma: "¡Valentina no encuentra su diadema de la suerte! ¡No podemos irnos sin ella!" La misma excusa, el mismo juego manipulador para retrasarnos. Mi corazón late con una furia fría, una furia de un alma que recuerda haber sido aniquilada y que ahora no siente amor, solo un vacío helado. Ignoro sus gritos y sus insultos, "Egoísta", "Amargada", mientras camino hacia la salida, dejando atrás a los condenados. "El pronóstico del tiempo anunció lluvias fuertes," les advierto, "El camino de la montaña es peligroso. Podría haber deslaves. Tengan cuidado." Pero sus risas de burla son la única respuesta. Mientras me alejo, sé que esta vez no habrá súplicas, ni lágrimas. Solo venganza.
El recuerdo de mi vida pasada se siente como un veneno frío que todavía corre por mis venas, un eco constante de traición y dolor. La imagen final es la más clara: el jugo de mango, deliberadamente derramado en mi bebida por Valentina en la fiesta de celebración. Sabía de mi alergia mortal, su sonrisa era la de un depredador que acorrala a su presa. Morí en el suelo de una fiesta, ahogándome, mientras mi novio, Rodrigo, y sus amigos mentían para protegerla, diciendo que fue un accidente, que yo misma había tomado el vaso equivocado. El dolor no terminó ahí. Mi madre, una fiscal brillante y tenaz, luchó por reabrir el caso, convencida de que su única hija había sido asesinada. Pero el poder de la familia de Valentina era inmenso. La acosaron, la amenazaron, destrozaron su carrera y su espíritu, hasta que no pudo más. La encontraron en su apartamento, una nota de suicidio en la mesa, rota por la pena y la injusticia. Y entonces, desperté. Estoy sentada en mi pupitre, el zumbido de mis compañeros llena el aula. El reloj en la pared marca las ocho de la mañana. Falta exactamente una hora para que cierren las puertas del examen de admisión a la universidad. El día en que todo comenzó a desmoronarse. Mi corazón late con una fuerza que me duele en el pecho, pero no es por los nervios del examen. Es la furia de un alma que recuerda haber sido aniquilada. "Oigan todos, ¡escuchen!" La voz de Rodrigo, mi novio en esta vida, resuena en el aula. Se ha subido a una silla, como siempre, buscando ser el centro de atención. "Valentina me acaba de llamar. No encuentra su diadema de la suerte, la que usó para ser coronada reina del baile. ¡No podemos irnos sin ella! ¡Es nuestra reina!" Un murmullo de acuerdo se extiende por la sala. En mi vida anterior, yo, como delegada de la clase, me levanté para protestar. Les rogué, les supliqué, les recordé la importancia del examen. El resultado fue una lluvia de insultos. Me llamaron egoísta, celosa, amargada. Pero esta no es mi vida anterior. Me levanto de mi asiento, mi mochila ya en mi hombro. El movimiento atrae la atención de todos. Rodrigo me mira, confundido. "Sofía, ¿qué haces? ¿A dónde vas? Tenemos que esperar a Valentina." Lo miro directamente a los ojos, a este chico que en el futuro sostendría la mano de mi asesina y mentiría sobre mi muerte. No siento amor, ni siquiera el fantasma del amor. Solo un vacío helado. "Yo me voy al examen." Mi voz es tranquila, sin emoción. No hay rastro de la desesperación que sentí la primera vez. El silencio se rompe por una risa burlona. Es uno de los amigos de Rodrigo. "Vaya, vaya. ¿Tan rápido te rindes? ¿No puedes soportar que Valentina sea más popular que tú?" Rodrigo frunce el ceño, su confusión se transforma en el resentimiento que tan bien recuerdo. "Sofía, no seas así. Es solo un rato. Valentina es nuestra amiga. ¿Por qué tienes que ser tan egoísta?" Egoísta. La misma palabra. La misma acusación. Pero esta vez, no me afecta. No digo nada más. No hay nada que decirles a los condenados. Me doy la vuelta y camino hacia la puerta. Los murmullos se convierten en insultos abiertos. "¡Déjala que se vaya! ¡Mejor para nosotros!" "Siempre ha sido una amargada." "Seguro está celosa de Valentina y Rodrigo." Paso junto a la ventana y veo las nubes oscuras que se acumulan en el cielo. La lluvia, el deslizamiento de tierra. Todo está a punto de suceder, exactamente como lo recuerdo. Justo antes de salir del aula, me detengo un momento, sin darme la vuelta. "El pronóstico del tiempo anunció lluvias fuertes", digo con la misma voz monótona. "El camino de la montaña es peligroso cuando llueve. Podría haber deslaves. Tengan cuidado." Una carcajada general resuena a mis espaldas. "¡Gracias por el informe del tiempo, Sofía! ¿Ahora también eres experta en geología?" No respondo. Cierro la puerta detrás de mí, dejando atrás sus risas y su ignorancia. Mientras camino por el pasillo vacío, una sonrisa fría se dibuja en mis labios. Esta vez, no habrá súplicas. No habrá lágrimas. Solo venganza. Subo al autobús público, la ruta más larga pero más segura que rodea la montaña. Me siento junto a la ventana y veo las primeras gotas de lluvia golpear el cristal. Saco mi teléfono. En el grupo de chat de la clase, los mensajes ya están llegando. Valentina: "¡Chicos, ya casi encuentro la diadema! ¡Son los mejores por esperarme! ❤️" Rodrigo: "¡Por ti lo que sea, reina! 👑" Otro compañero: "¡Sofía se fue! ¡Qué egoísta, neta!" Valentina: "Ay, no se preocupen por ella. Siempre ha sido así. Lo importante es que estamos juntos." Apago la pantalla. El autobús arranca, alejándome de mi pasado y llevándome hacia mi futuro. Un futuro que ellos no tendrán. Unos veinte minutos después, mi teléfono vibra con una notificación de noticias. "ALERTA: Fuertes lluvias provocan un gran deslizamiento de tierra en la carretera de la montaña. La vía está completamente bloqueada. Se reportan vehículos atrapados." Miro la notificación, luego miro la lluvia que ahora cae a cántaros. La sonrisa en mi rostro se ensancha. Mi venganza acaba de empezar.
El autobús avanza lentamente, pero sin detenerse. El sonido de la lluvia contra el techo es constante, un ritmo que acompaña la calma que siento por dentro. En mi vida anterior, a esta misma hora, yo estaba en un taxi, mordiéndome las uñas hasta sangrar, llamando a cada uno de mis compañeros, suplicándoles que tomaran otro camino, que se dieran prisa. Recuerdo sus respuestas condescendientes, sus risas, sus "ya cálmate, Sofía, todo está bajo control". Ahora, solo hay silencio. Reviso mis apuntes una última vez, no porque los necesite, sino por el placer de la normalidad, del acto de prepararme para un futuro que me he ganado a pulso. Ya he sido aceptada en la Universidad Nacional por mi promedio excepcional, un programa de admisión anticipada. Este examen era solo una formalidad, una segunda opción que ni siquiera necesitaba. Ellos no lo saben, por supuesto. Creen que mi futuro depende de este día tanto como el de ellos. Mientras tanto, en el chat de la clase, el pánico empieza a gestarse. Las fotos de Valentina sonriendo con su diadema han sido reemplazadas por mensajes de ansiedad. "Oigan, ¿alguien más está viendo este tráfico? No nos hemos movido en diez minutos." "Es por la lluvia, seguro. Pero Valentina dijo que conocía un atajo, ¿no?" Y justo en ese momento, como una aparición divina, Valentina entra en escena en el chat. Valentina: "¡Chicos, no se preocupen! ¡Ya estoy en un coche con mi papá! ¡Vamos por ustedes! ¡Conozco un atajo perfecto por la montaña que nos sacará de este tráfico y llegaremos a tiempo!" Un torrente de alivio inunda el chat. "¡Valentina, eres nuestra salvadora!" "¡Sabía que podíamos contar contigo!" "¡Eres la mejor, Val!" Leo sus mensajes con una sonrisa helada. El "atajo" por la montaña. El camino que lleva directamente al desastre. En mi vida anterior, ella también los "rescató", metiéndolos a todos en una camioneta grande que su padre conducía, prometiéndoles lo mismo. Y los llevó directamente al corazón del deslizamiento de tierra. Poco después, Valentina envía una foto. Ella, sentada en el asiento del copiloto, haciendo una señal de paz. Detrás de ella, cajas de cartón. Valentina: "¡Y les traigo bebidas energéticas para el examen! ¡Para que recuperemos el tiempo perdido!" Los elogios se vuelven ensordecedores. "¡Wow, Val, piensas en todo!" "¡No como otras que solo piensan en sí mismas!" El comentario es una clara indirecta hacia mí. Imagino sus rostros, sonriendo, sintiéndose superiores, bebiendo esas bebidas baratas como si fuera el néctar de los dioses, completamente ajenos a la trampa que se cierra sobre ellos. Un nuevo mensaje aparece, esta vez de Rodrigo, dirigido a mí en el chat privado. Rodrigo: "¿Ves, Sofía? Así es como se comporta una verdadera amiga. Valentina nos está ayudando a todos. Deberías aprender de ella. Todavía estás a tiempo de disculparte cuando lleguemos." Leo el mensaje y lo borro sin responder. ¿Disculparme? Siento una risa amarga subir por mi garganta. Él no tiene ni la más remota idea de lo que está a punto de suceder. No sabe que su "reina" los está llevando a la ruina, que su lealtad ciega le costará su futuro. Me asomo por la ventana del autobús. Ya puedo ver el campus universitario a lo lejos, grande e imponente bajo la lluvia. Siento una punzada de algo que no es ni alegría ni tristeza. Es justicia. Una justicia fría y calculada. El chat grupal vuelve a la vida, pero el tono ha cambiado drásticamente. "Oigan... este atajo... ¿están seguros de que es una buena idea? El camino está lleno de lodo." "El coche de mi papá apenas puede avanzar." "Valentina, ¿falta mucho?" Valentina: "¡Tranquilos! ¡Confíen en mí! ¡Ya casi llegamos al otro lado!" Su mensaje intenta ser tranquilizador, pero la fachada se está agrietando. Puedo imaginarla en el coche, mordiéndose el labio, su propia ansiedad comenzando a traicionar su sonrisa perfecta. El autobús se detiene. Hemos llegado. "Universidad Nacional, terminal", anuncia el conductor. Me bajo con calma, abro mi paraguas y camino hacia la entrada. El aire es fresco y limpio. A mi alrededor, otros estudiantes corren para resguardarse de la lluvia, sus rostros llenos de nervios y anticipación. Yo solo siento paz. Una paz terrible y satisfactoria. Saco mi teléfono una última vez antes de entrar al edificio. El último mensaje en el chat es de un compañero que suena absolutamente aterrorizado. "¡Dios mío! ¡La montaña! ¡Se está cayendo!" Después de eso, silencio.