La Diosa Olvidada
Introducción

Fui Xochitl, la chamana más venerada, la guardiana de esta tierra y de sus secretos ancestrales. Salvé a este imperio y a su príncipe de una plaga desoladora, sacrificando la mitad de mi poder, la esencia misma de mi ser. Pero mi acto de amor fue respondido con la más cruel de las traiciones: el príncipe, ahora emperador, junto a su concubina Itzel, me acusaron de brujería, me encerraron, y en la oscuridad de mi prisión, perdí a mi hijo, mi pequeño jaguar. Luego, con una frialdad que helaba el alma, exterminaron a mi leal Citlalli y a todo mi pueblo, quemando mi cuerpo y todo lo que fui. ¿Cómo pudo la gratitud de un salvado convertirse en tal monstruosidad? ¿Cómo pudo el amor de un líder tornarse en veneno puro? Pero lo que no sabían es que la muerte no era mi fin; fue mi renacimiento, el crisol donde mi espíritu se forjó en algo nuevo, alimentado por la sangre de los inocentes y el "corazón de jaguar" de mi hijo.

Capítulo 1

Mi nombre es Xochitl, y alguna vez fui la chamana más venerada de esta tierra, la guardiana de los secretos ancestrales, la mujer que hablaba con los espíritus de la selva y tejía el poder de la naturaleza en sus manos. Yo era la fuerza que mantenía el equilibrio, la que aseguraba las cosechas abundantes y la salud del pueblo, y mi poder era tan vasto como el cielo que nos cubría. Fui yo quien salvó a este imperio de la plaga que lo consumía, una enfermedad oscura que secaba los campos y se llevaba a los hombres en agonía, y lo hice sin pedir nada a cambio, solo por el bien de la gente que sufría. El hombre que ahora se sienta en el trono, el que se hace llamar emperador, no era más que un príncipe temeroso cuando la plaga llegó a las puertas de su palacio, suplicó mi ayuda con lágrimas en los ojos, arrodillado sobre la tierra seca, prometiéndome lealtad eterna si salvaba a su pueblo y aseguraba su ascenso al poder. Accedí, porque vi en sus ojos la desesperación de un líder que amaba a su gente, o eso creí en mi ingenuidad, y para detener la enfermedad, tuve que realizar un ritual prohibido, uno que exigía un sacrificio inmenso, sacrifiqué la mitad de mi poder, la esencia misma que me conectaba con los dioses, y la entregué para purificar la tierra. El imperio se salvó, y él, como había deseado, se convirtió en el emperador más poderoso que se recordara. Estaba embarazada, esperando a mi primer hijo, un niño que, según las visiones, nacería con el "corazón de jaguar", un don divino que solo aparece una vez cada mil años, un poder que lo convertiría en un protector aún más grande que yo. Pero mi felicidad fue efímera, porque el emperador, el mismo hombre que yo había puesto en el trono, se dejó envenenar el oído por su concubina favorita, Itzel, una mujer cuya belleza solo era superada por su ambición y su veneno. Itzel, celosa de mi influencia y temerosa del poder que mi hijo representaría, le susurró al emperador que mi bebé no era un don divino, sino una abominación, un monstruo que devoraría su poder y destruiría el imperio desde adentro. Y él, cegado por su amor obsesivo por ella y aterrorizado por la idea de perder su trono, le creyó. De un día para otro, pasé de ser la salvadora del imperio a una prisionera en mi propio templo, me acusaron de traición y brujería, y los guardias del emperador, los mismos hombres cuyas familias yo había salvado, irrumpieron en mi santuario, arrastrándome con violencia mientras yo suplicaba por la vida de mi hijo. Quemaron todo, cada planta medicinal que había cultivado con esmero, cada amuleto que había consagrado para proteger a mi bebé, cada pergamino con el conocimiento de mis ancestros se convirtió en cenizas ante mis ojos, el humo negro olía a traición y a muerte. Me despojaron de todo lo que necesitaba para asegurar que mi hijo naciera sano y fuerte, dejándome sola en una celda fría y húmeda, con el corazón roto y un miedo que me helaba los huesos. Me arrodillé en el suelo sucio, con las manos sobre mi vientre, intentando transmitirle a mi hijo el poco calor que me quedaba. "Por favor, resiste, mi pequeño jaguar", le susurré, mientras las lágrimas rodaban por mi rostro. "Mamá encontrará una manera". Pero el emperador no había terminado conmigo, irrumpió en mi celda, su rostro una máscara de furia y desdén, y me arrastró por el cabello hasta sus aposentos. Itzel estaba allí, recostada en un diván, fingiendo un dolor insoportable, gimiendo y retorciéndose como si estuviera al borde de la muerte. "¡Mírala!", gritó el emperador, señalando a su concubina. "¡Está muriendo por tu culpa, bruja! ¡Tu abominación le está robando la vida!". Yo lo miré, incrédula. "Señor, eso no es posible", dije con la voz temblorosa. "Mi hijo... mi hijo no tiene nada que ver con esto. Ella miente". Él se rio, una risa cruel que no tenía nada que ver con el hombre que una vez me suplicó ayuda. "¿Mientes?", repitió, acercándose a mí. "¡La única mentirosa aquí eres tú! Pero no te preocupes, tengo la solución. Me darás el corazón de jaguar de tu hijo, y con él, salvaré a Itzel. Es un pequeño precio a pagar por la vida de la mujer que amo". El aire se escapó de mis pulmones, la petición era tan monstruosa, tan inhumana, que por un momento pensé que estaba en una pesadilla. "No... no puedo hacer eso", susurré, retrocediendo. "Es mi hijo". "¡Es una abominación!", rugió, y su mano se estrelló contra mi mejilla con una fuerza brutal que me hizo caer al suelo. "¡Me darás lo que te pido, o juro por los dioses que no solo morirás tú, sino que cada miembro de tu tribu pagará por tu desobediencia!". Y en ese momento, mirando el odio en sus ojos, supe que el hombre que yo había salvado ya no existía, en su lugar había un monstruo, y yo, junto con mi hijo nonato, estábamos a su merced.

Capítulo 2

La crueldad del emperador no conocía límites, y Itzel, desde su lecho de falsos dolores, orquestaba mi tortura con una pericia diabólica. Cada vez que ella soltaba un gemido, cada vez que fingía un espasmo de dolor, el emperador cumplía su amenaza. Un mensajero llegaba a mi celda con noticias terribles, un miembro de mi tribu, un inocente, había sido ejecutado públicamente por mi "desobediencia". Primero fue un anciano, el que me enseñó a leer las estrellas, luego una joven madre, cuyo bebé yo misma había ayudado a traer al mundo, la lista de víctimas crecía con cada suspiro fingido de Itzel, y yo solo podía escuchar los informes, encerrada, impotente, mientras mi gente moría por mi culpa. El peso de cada muerte se acumulaba sobre mis hombros, una carga más pesada que cualquier montaña. Mi cuerpo comenzó a debilitarse, sin mis hierbas, sin la energía de la naturaleza que me rodeaba, el embarazo se volvió una lucha desesperada por la supervivencia, mi vientre, que antes era una promesa de vida, se sentía frío y pesado. Una noche, sentí un dolor agudo, diferente a cualquier otro que hubiera experimentado, un dolor que no era de parto, sino de pérdida. Me acurruqué en el suelo helado de la celda, presionando mis manos contra mi abdomen, y lo supe, supe con una certeza que me desgarró el alma, que el pequeño corazón de mi jaguar había dejado de latir. Mi hijo, mi precioso y esperado hijo, había muerto dentro de mí, sin haber visto la luz del sol, sin haber sentido mi abrazo. Un grito silencioso se ahogó en mi garganta, un torbellino de dolor, rabia y desesperación me consumió por completo, y lloré en la oscuridad, sola con mi luto, acunando el cuerpo sin vida de mi bebé dentro de mi propio cuerpo roto. Apenas unas horas después, mientras aún estaba sumida en la niebla del dolor, los guardias irrumpieron de nuevo, no les importó mi estado, ni las lágrimas secas en mi rostro, me levantaron bruscamente y me arrastraron una vez más ante el emperador. Itzel gemía más fuerte que nunca, su actuación cada vez más desesperada. El emperador me miró con los ojos inyectados en sangre, la impaciencia grabada en cada línea de su rostro. "¡Se acabó el tiempo, Xochitl!", bramó. "Itzel está a punto de morir. ¡Dame el corazón de jaguar ahora!". Mi voz era un susurro hueco, vacío de toda emoción excepto un dolor sordo. "Ya no puedo", dije, mirándolo a los ojos sin miedo, porque ya no tenía nada que perder. "Es demasiado tarde. Mi hijo... ha muerto". Él me observó por un largo momento, su expresión cambiando de la furia a la incredulidad, y luego a una ira aún más profunda. "Mientes", siseó, su voz peligrosamente baja. "¡Crees que puedes engañarme con tus trucos de bruja! ¡Crees que puedes dejar morir a Itzel para salvar a tu monstruo!". Se negó a creerlo, la verdad era demasiado inconveniente para sus planes egoístas. Me agarró por los hombros, sacudiéndome con violencia. "¡Te lo advertí, Xochitl! ¡Por cada hora que me hagas esperar, uno de los tuyos morirá! ¡Aniquilaré a toda tu tribu hasta que no quede ni el recuerdo de su existencia!". La amenaza ya no me afectaba como antes, mi corazón ya estaba hecho pedazos, pero la mención de mi tribu, de mi gente inocente, encendió una chispa de rabia en mi interior. Antes de que pudiera responder, él me empujó hacia la pared con una fuerza descomunal. El aire se escapó de mis pulmones cuando mi espalda chocó contra la piedra fría. Sus manos, las mismas que una vez se alzaron en súplica, ahora se cernían sobre mí como garras. "¡Voy a sacarlo yo mismo!", gritó, con los ojos desorbitados por la locura. Entré en pánico, no por mí, sino por la profanación de mi hijo. "¡No! ¡Detente!", grité, luchando contra él. Pero mi fuerza se había ido, el sacrificio que hice por él me había dejado vulnerable, la mitad de mi poder se había desvanecido para salvar su imperio, y ahora no me quedaba nada para defenderme a mí misma. Era una cruel ironía, la misma acción que lo había elevado al poder era la causa de mi debilidad actual. Me sentía como un pájaro con las alas rotas, viendo al cazador acercarse. En ese momento, la puerta de la celda se abrió de golpe y mi leal asistente, Citlalli, entró corriendo. Había logrado eludir a los guardias, su rostro joven lleno de pánico y determinación. "¡Suéltela, mi señor!", gritó, interponiéndose entre el emperador y yo. "¡No puede hacer esto!". El emperador, sorprendido por la interrupción, se giró hacia ella con una furia asesina. Con un movimiento rápido y brutal, desenvainó una daga ceremonial de su cinturón y la hundió en el hombro de Citlalli. Ella soltó un grito de dolor y cayó al suelo, la sangre manchando su túnica blanca. Yo grité su nombre, arrastrándome hacia ella, pero los guardias me sujetaron. Vi la herida abierta, la sangre brotando, y una impotencia tan abrumadora me invadió que sentí que me ahogaba. Aprovechando la distracción, saqué de entre mis ropas un pequeño objeto, un pequeño jaguar de obsidiana que había tallado para mi hijo, un amuleto que se suponía que debía protegerlo. Ahora estaba frío, sin vida, como él. Lo arrojé a los pies del emperador, el sonido de la piedra golpeando el suelo resonó en el silencio tenso de la habitación. "¡Ahí tienes!", grité, con la voz rota por el llanto y la rabia. "¡Eso es todo lo que queda de él! ¡Un pedazo de piedra fría! ¿Es esto lo que querías? ¿Estás satisfecho ahora, monstruo?". El emperador miró el jaguar de obsidiana, y luego a mí, su rostro una mezcla de confusión y furia contenida. La verdad estaba frente a él, pero su orgullo y su obsesión se negaban a aceptarla.

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