Venganza De La Sanadora
Introducción

Fui Ximena, la última de un linaje bendecido con el don de la sanación, una habilidad milagrosa que se convirtió en mi mayor condena. Me obligaron a casarme con el príncipe Alejandro, un hombre moribundo al que debía "curar" y, lo más importante, darle herederos. Quedé embarazada de gemelos, un milagro que revivió la esperanza del imperio y la salud de Alejandro. Pero su "amor eterno" y la promesa de ser Princesa Heredera fueron mi sentencia de muerte. El día del parto, con mis bebés recién nacidos en mis brazos, Alejandro los arrebató y, ante mis ojos horrorizados, los arrojó a una jauría de perros cazadores. Mientras me desangraba, escuché los gritos de mi gente ardiendo viva en mi aldea, un fuego que él, el "príncipe sanado", había ordenado. Morí con el olor a humo y la imagen de mis hijos devorados grabada en mi retina, preguntándome si el odio podía trascender la muerte. Y luego, desperté. Regresé al momento exacto donde mi infierno había comenzado, en el Salón de Audiencias de la Emperatriz, enfrentando la misma pregunta sobre mis habilidades curativas, pero esta vez, no sería la misma Ximena.

Capítulo 1

El recuerdo de mi vida pasada era una herida que no dejaba de sangrar, una pesadilla grabada a fuego en mi memoria. Yo, Ximena, era la última de un linaje conocido por sus milagrosas habilidades curativas. Mi sangre era un tesoro, una bendición que se convirtió en mi más grande maldición. En esa vida, me obligaron a casarme con el príncipe Alejandro, un hombre consumido por una enfermedad que ningún médico del imperio podía sanar. El objetivo era claro: usar mi cuerpo como un remedio viviente para "curarlo" y, más importante aún, para asegurar la descendencia real. El plan pareció funcionar a la perfección. Tres meses después de la boda, quedé embarazada. No de uno, sino de gemelos. Y, como por un milagro, la salud de Alejandro comenzó a mejorar drásticamente. El color volvió a su rostro, la fuerza a sus miembros. El emperador, su padre, estaba extasiado. Me tomó de las manos frente a toda la corte y me hizo una promesa solemne. "Ximena, has salvado a mi hijo y al futuro del imperio. Después de que nazcan mis nietos, serás nombrada oficialmente Princesa Heredera." Esas palabras fueron mi sentencia de muerte. Viví los siguientes meses en una nube de felicidad falsa. Creí que mi sacrificio había valido la pena, que finalmente tendría una familia y un futuro. Qué ingenua fui. El día del parto llegó. Fue un trabajo largo y doloroso, pero cuando escuché el llanto de mis dos hijos, un niño y una niña, sentí que todo el sufrimiento se desvanecía. Estaba agotada, cubierta de sudor, pero mi corazón rebosaba de un amor que nunca antes había conocido. Fue entonces cuando Alejandro entró en la habitación. Su rostro, que en los últimos meses había lucido saludable y lleno de vida, ahora estaba contraído en una máscara de odio puro. "Tráiganme a los niños," ordenó a las parteras con una voz gélida. Pensé que quería conocer a sus hijos. Se los acercaron, envueltos en finas mantas. Él los miró, pero no con el amor de un padre, sino con el desprecio de quien mira a una plaga. Sin decir una palabra más, me los arrebató de los brazos de las parteras. Caminó hacia el balcón, abrió las puertas de par en par y, ante mis ojos horrorizados, arrojó a mis bebés recién nacidos a la jauría de perros de caza que esperaba abajo. Un grito desgarrador se rompió en mi garganta, un sonido inhumano nacido del dolor más profundo. "¡NO! ¡MIS HIJOS!" Alejandro se giró hacia mí, su sonrisa era la de un demonio. "Arruinaste mi vida," siseó, acercándose a mi cama. "Me obligaron a casarme contigo, una curandera de pueblo. Me negaste la oportunidad de estar con mi verdadero amor, con Sofía." Su voz se quebró con una falsa pena. "Por tu culpa, ella tuvo que casarse con un rufián que la maltrataba. Y hace una semana… la encontraron muerta. Asesinada. Todo es tu culpa." Me quedé helada, la sangre de mis entrañas manchando las sábanas mientras la vida se me escapaba. Él me vio desangrarme, su mirada llena de una satisfacción cruel. "Ahora pagarás por lo que hiciste." Salió de la habitación y dio su última orden. Encerraron a toda la gente de mi aldea, a mis padres, a mis amigos, a los niños, dentro del granero principal. Y le prendieron fuego. Morí escuchando sus gritos, oliendo el humo de mi gente quemándose viva, con la imagen de mis hijos siendo devorados grabada en mis retinas. … Desperté con un grito ahogado. Mi cuerpo temblaba violentamente. Estaba sentada en una silla incómoda, dentro de una habitación lujosa que reconocí al instante. El Salón de Audiencias de la Emperatriz. El aire estaba impregnado del mismo perfume a lirios que recordaba de aquel fatídico día. Levanté la vista. Frente a mí, sentada en un trono dorado, estaba la Emperatriz, la madre de Alejandro. Me miraba con una mezcla de curiosidad y desdén. "Así que tú eres Ximena," dijo su voz, tan fría y calculadora como la recordaba. "He oído rumores sobre tu familia. Dicen que tienen… habilidades especiales. Dime, niña, ¿es cierto que puedes curar cualquier enfermedad?" Era la misma pregunta. El mismo momento. El punto exacto donde mi infierno había comenzado. Pero esta vez sería diferente. Las lágrimas brotaron de mis ojos, pero no eran de miedo, sino de una rabia y un dolor tan profundos que me quemaban por dentro. Me arrojé al suelo, golpeando mi frente contra las frías baldosas de mármol. Una y otra vez. "¡No, Su Majestad! ¡No, por favor!" sollocé, mi voz rota por la desesperación. "¡Son solo rumores, mentiras! ¡Somos gente humilde de campo, no sabemos nada de curaciones milagrosas! ¡Alguien debe estar tratando de calumniar a mi familia! ¡Le ruego que tenga piedad!" Mi actuación fue perfecta. El pánico, el miedo, la negación desesperada. La Emperatriz frunció el ceño, visiblemente decepcionada. Parecía que iba a desestimar el asunto. Pero entonces, la puerta se abrió. "Qué mentirosa tan astuta." Esa voz. La voz de Alejandro. Mi sangre se heló. Él entró en la habitación, apoyado en un bastón, su cuerpo frágil y su respiración agitada. Nos había seguido. Había escuchado todo. Me miró con un odio que no correspondía a alguien que me veía por primera vez. Él también recordaba. ---

Capítulo 2

La Emperatriz miró a su hijo con sorpresa, luego a mí, que seguía postrada en el suelo. "Alejandro, ¿qué haces aquí? Deberías estar descansando." "No podía descansar, madre," respondió él, sin apartar sus ojos venenosos de mí. "No cuando escuché que ibas a interrogar a esta… embustera." Se acercó lentamente, cada paso una muestra de su debilidad física, pero su mirada era fuerte y llena de malicia. "La he estado observando," continuó, su voz un siseo. "La gente de su aldea rara vez enferma. Las cosechas siempre son abundantes. Es por ella. Miente para evitar sus responsabilidades. Es una manipuladora." La Emperatriz, cuyo único interés era la salud de su heredero, volvió a fijar su atención en mí. Su decepción inicial se transformó en una renovada sospecha. "¿Es eso cierto, niña? ¿Nos estás engañando a todos?" Yo negué con la cabeza frenéticamente, las lágrimas seguían corriendo por mi rostro. "¡No, Su Majestad! El príncipe se equivoca. ¡Por favor, créame! No tengo ningún poder. ¡No quiero casarme con el príncipe!" La última frase se me escapó, cargada con todo el pánico y el horror de mis recuerdos. Un silencio tenso llenó la habitación. La Emperatriz me miró con frialdad. Mencionar el matrimonio había sido un error. Había revelado que sabía exactamente lo que querían de mí. Alejandro soltó una risa seca y áspera. "¿Ves, madre? Ni siquiera hemos mencionado el matrimonio y ya se está negando. ¿Cómo podría saberlo si no fuera una bruja astuta que conoce nuestros planes?" Me levanté del suelo, enfrentándolo. El miedo había sido reemplazado por una oleada de ira helada. "No me casaré contigo," dije, mi voz temblando, pero firme. "Prefiero morir." La expresión de Alejandro cambió. Por un instante, vi un destello de confusión en sus ojos. En nuestra vida pasada, yo había sido sumisa y asustada. Había aceptado mi destino sin protestar. Mi desafío frontal lo descolocó. Me miró fijamente, y en la profundidad de sus ojos vi el reconocimiento. La misma chispa de odio que yo sentía, pero mezclada con algo más: una extraña y retorcida posesividad. Él también había vuelto. No había duda alguna. La Emperatriz, ajena a la corriente subterránea que fluía entre nosotros, golpeó el brazo de su trono. "¡Suficiente! ¡Guardias, llévense a esta insolente! La encerraremos hasta que decida ser útil." Pero Alejandro levantó una mano. "Espera, madre." Se acercó a mí hasta que estuvimos a apenas unos centímetros de distancia. Su aliento olía a enfermedad y a hierbas amargas. "Déjanos solos," le dijo a su madre, su voz baja y llena de una autoridad que no cuadraba con su frágil apariencia. La Emperatriz dudó, pero finalmente asintió y salió de la habitación, cerrando las pesadas puertas detrás de ella. Ahora estábamos solos. Él y yo. Verdugo y víctima, renacidos en el mismo tablero de juego. "Así que tú también," susurró él, y no era una pregunta. "Tú también lo recuerdas todo." Asentí en silencio, mi mandíbula apretada. "Recuerdo a mis hijos," dije, mi voz apenas un murmullo cargado de veneno. "Recuerdo a los perros. Recuerdo el fuego." Una sombra de irritación cruzó su rostro, como si le molestara que yo recordara sus crímenes. "Eso fue un error," dijo, con una frialdad pasmosa. "Un error causado por el dolor. Sofía estaba muerta por tu culpa." "Sofía," repetí el nombre, y sabía a ceniza en mi boca. "Tu preciosa Sofía. Déjame en paz, Alejandro. Búscate a otra curandera. Yo no te salvaré esta vez." Él sonrió, una sonrisa torcida y desagradable. "No hay otra como tú, Ximena. Y lo sabes. Tu sangre es única." Se acercó aún más, su voz bajando a una amenaza íntima. "Pero está bien. Si no quieres casarte conmigo, no lo harás. Te dejaré en paz." Lo miré con desconfianza. No podía ser tan fácil. "Pero," añadió, y ahí estaba la trampa, "te quedarás en el palacio. Como mi invitada. Y si mi salud empeora… bueno, espero que reconsideres tu decisión. Por el bien de tu aldea. Sería una lástima que otro incendio accidental ocurriera, ¿no crees?" La amenaza era clara, brutal y directa. Me estaba encadenando a él, no con un matrimonio, sino con el miedo. Me estaba dando una jaula más grande, pero una jaula al fin y al cabo. Asentí lentamente, mi mente corriendo a mil por hora, buscando una salida. "De acuerdo," dije. "Un trato." Él sonrió, satisfecho. Creía que había ganado. Creía que me tenía exactamente donde quería. Pero mientras él se daba la vuelta, tosiendo en su pañuelo, yo hice una promesa silenciosa. No habría una próxima vez. No habría más sufrimiento. En esta vida, la única que moriría consumida por el dolor serías tú, Alejandro. Y yo me aseguraría de ello. ---

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